El cuaderno de dibujo

Regreso a mi hotel, agotado después de pasar mi primer día en esta maravillosa ciudad. ¡Por fin he podido hacer este viaje, soñado tantos años y tantas veces pospuesto!

El momento en que llegué a la estación a primera hora de la mañana, tras un madrugón de aúpa, aparece lejano en mi memoria. Ha merecido la pena. Me ha encantado todo lo que he visitado. Incluso la última parada en la exposición temporal de arte digital y futurista que me habían recomendado y que no parece combinar muy bien con esta ciudad antigua. Me ha sorprendido muy gratamente. Aunque he de reconocer que casi caigo en brazos de Morfeo en la sala a oscuras durante la última proyección.

Antonio, el afable recepcionista al que conocí esta mañana, sigue en su puesto al otro lado del mostrador.

—¿Qué tal su primer día en nuestra ciudad?

—Muy bien. Y gracias por la recomendación del restaurante en la calle San Matías. Era justo lo que buscaba, algo sencillo y con sabor local, alejado de las rutas turísticas —añado.

—Si quiere más recomendaciones gastronómicas o de otro tipo, ya sabe, no tiene más que pedirlas.

Le agradezco con un gesto y subo a mi habitación. Antes de tomar una merecida ducha y relajarme un rato, me vence la impaciencia. Quiero repasar en mi guía turística el recorrido de mañana. La tengo llena de anotaciones, he preparado este viaje tan esperado a conciencia.

Abro la mochila y… ¡Mi guía ha desaparecido! En su lugar hay un cuaderno, una caja con lapiceros y carboncillos y varios pañuelos de mujer. ¡Esta no es mi mochila! Siento un sudor frío. Mi mente empieza a dar vueltas intentando comprender por qué la bolsa es igual a la mía, pero el contenido me es totalmente ajeno. Sin haber alcanzado todavía ninguna conclusión, abro de forma instintiva, como buscando un ancla que me mantenga firme en medio de la zozobra que se ha apoderado de mi cabeza, el bolsillo lateral donde guardo mi pasaporte. Ni rastro. En su lugar, una pequeña cartera con útiles de maquillaje.  

Tras más de un minuto de tormenta arreciando en mi cerebro con las fatales consecuencias de haber perdido mi mochila y su contenido, logro por fin recobrar la serenidad. Mi pasaporte es la pérdida más crítica. No podré regresar a mi país sin él. Imagino las tediosas gestiones en el consulado, que me van a robar gran parte del precioso tiempo que tengo para disfrutar de esta ciudad tantas veces soñada. La guía de viaje, con las anotaciones fruto de meses de preparación, es la segunda baja en orden de importancia. Sobre el resto de pérdidas, seguro de que podré sobrevivir sin ellas.

Vuelvo a razonar pausadamente. He debido coger la mochila negra equivocada al salir de la sala de proyección, última etapa antes de regresar al hotel. Definitivamente, la próxima mochila será de un color llamativo, aunque chirríe a la vista.

Comienzo a revisar el contenido, buscando alguna pista que me permita localizar a su legítima dueña, portadora actual de mis pertenencias. No encuentro nada que me guíe, más allá del cuaderno de dibujo que me alertó sobre la propiedad equivocada de la mochila. Lo ojeo despacio, esperando encontrar algún indicio. Son dibujos a carboncillo de diferentes espacios urbanos, plazas, parques y callejones, con aire de otro tiempo, muy bien ejecutados. Cuento un total de nueve dibujos. Por un momento me consuela que mis bienes estén ahora en manos de una artista. Siempre he asociado el arte a la bondad, quizá equivocadamente.

La última hoja utilizada contiene el retrato de una mujer morena sumamente atractiva, con una mirada enigmática y melancólica a la vez. Aflora un deseo de conocer a la modelo del dibujo.

En un segundo vuelvo a la realidad y mi cabeza se centra en asuntos más mundanos. Debo recuperar mi mochila lo antes posible. Se me ocurre entonces que Antonio, el dispuesto conserje del hotel, podría ser de ayuda. Quizá él pueda reconocer los lugares representados en el cuaderno.

Después de bajar nuevamente a recepción y resumirle lo ocurrido y el trance en que me encuentro, mi improvisado colaborador hojea con detenimiento los dibujos. No los identifica en un primer vistazo. La imagen de una interminable cola en el consulado vuelve a desanimarme. Mi amigo retorna al principio del cuaderno para una segunda revisión.

—¡Sí, ya veo! Son plazas y calles de esta ciudad, tal como eran hace años —exclama de repente—. ¡Mire! ¿Ve esta fuente? Es la fuente de las Ninfas. Se la llevó una crecida del Darro hace casi doscientos años, junto con otros edificios colindantes. Hoy es la Plaza Nueva. Seguro que ha pasado hoy por allí en algún momento.

Sigue escudriñando el resto de los dibujos, llegando a similares conclusiones.

—¡Aquí, vea! Estoy seguro de que esta es la antigua Plaza de la Trinidad. Este edificio fue destruido tras años de abandono. Era el Convento de los Trinitarios Calzados. La plaza se fue transformando paulatinamente, se peatonalizó y hoy está llena de terrazas. Es muy difícil reconocerla en este dibujo.

Contemplo la hoja que me señala y distingo parte del entorno. Tenía tantas ganas de visitar esta ciudad que de alguna forma la había reproducido mil veces en mi mente.

En menos de diez minutos tengo en mis manos una lista con los nueve lugares retratados por la esquiva pintora. Algunos se repiten, han sido dibujados desde ángulos diferentes. Cada dibujo tiene una fecha, todas muy seguidas y recientes. Es en ese momento cuando se me ocurre una forma de localizarla. Iré recorriendo las ubicaciones del cuaderno en busca de una mujer que se encuentre dibujando.

Al día siguiente me despierto pronto. A pesar del cansancio acumulado y la comodidad de mi cama, las preocupaciones me han impedido pasar una buena noche. Debo emprender mi búsqueda sin más dilación.

Asistido por el recepcionista, marco sobre un plano de la ciudad un recorrido que pasa por los lugares dibujados. Con la mochila equivocada a mi espalda llego a la primera plaza, que a esa hora temprana comienza a desperezarse. Ni rastro de la artista. Sigo andando hacia mi segunda parada. Esta vez sí veo a una persona sentada en un banco dibujando. Es un hombre de pelo blanco. Decido acercarme, en cualquier caso, con la ilusión de encontrar algún hilo del que poder tirar. Al mirar su dibujo, todavía inacabado, veo que es de un estilo totalmente distinto. Aun así, no desisto y pregunto al pintor callejero.

—Perdone que le interrumpa. ¿No conocerá usted a esta mujer? ¿Le suena de algo? —le pregunto mientras le muestro la página del cuaderno con el retrato.

—Me temo que no, amigo. Soy un turista como usted. Llevo aquí sólo dos días —me responde con un acento que no logro identificar.

Sigo mi periplo y, poco a poco, a pesar de la urgencia que me invade, empiezo a disfrutar del paseo. Transito por sitios encantadores que no estaban en mi guía y donde no me cruzo con turista alguno. Me doy cuenta de que la ruta a la que me ha traído el azar bien podría estar incluida en el pódium de recorridos recomendados en cualquier libro de viajes.

Las siguientes paradas arrojan un resultado similar. En algunas hay artistas, pero ninguno cuadra con la persona que busco con creciente inquietud. Nadie reconoce a la chica del retrato.

Llego a la última plaza con pocas esperanzas de revertir la suerte que me ha acompañado en esta búsqueda. El sol comienza a ocultarse detrás de los edificios, arrojando colores increíbles sobre las fachadas opuestas y creando una sensación mágica. Mi vista tarda en acostumbrarse al efecto de los últimos rayos. Cuando lo hace, vislumbro en un extremo de la plazuela a una mujer dibujando, sentada sobre un taburete. Se encuentra de espaldas a mí. El ritmo de mi corazón se acelera, más por el deseo de conocer por fin a la misteriosa autora que por la posibilidad de recuperar mi mochila y su contenido.

Me acerco a ella para descubrir su cara. Su dibujo en ejecución podría formar parte de la serie del cuaderno que obra en mi poder. Ella levanta la vista cuando detecta mi presencia y una mirada enigmática y melancólica se posa sobre mí. Confirmo entonces que el último dibujo del cuaderno era un autorretrato, ejecutado con toda justicia y objetividad. Siento que la conexión es mutua e instantánea.

—Te estaba esperando —su voz suena dulce y firme—. Tenía la intuición de que la foto del pasaporte correspondía a un tipo interesante. Veo que mi instinto no me ha fallado. Has logrado encontrarme.

Poso la vista en la obra en ejecución. Me reconozco en la imagen abrazado a la pintora, en el centro de la plaza, con dos mochilas idénticas a nuestros pies.

Comentarios

  1. Esa história no puede acabar así Jorge. Tienes que darle continuidad. Enhorabuena

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    1. Gracias, Fernando. Pensaré en ello. Aunque ya sabes... segundas partes nunca fueron buenas. Jajaja

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  2. Cuanto más leo tus relatos, más pena me da de qué terminen,quisiera seguir leyendo

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    1. Muchas gracias, Rosa Mari. Me alegro que disfrutes de la lectura de mis historias

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  3. Emocionante. De acuerdo con los otros comentarios que leo aqui... Queremos leer mas!

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    1. ¡Gracias, Rafa! Seguiré. seguiré... espero que con el mismo nivel de interés

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  5. Me ha gustado mucho... un toque final con el dibujo de ambos ... perfecto

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  6. Me gusta el ambiente de cine, o de spot de TV, o de videoclip, que transmite la obra. Felicidades de nuevo, primo

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  7. Que bien Jorge! Me ha gustado mucho !!!

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    1. Me alegro mucho, Bea. Espero que siga así con las próximas entregas

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  8. Sin duda todo acontece en una de las ciudades mas bonitas de España: Granada. Enhorabuena Jorge!

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    1. ¡Buen ojo, Chema! Además es tierra de buenos escritores. Y ha asimilado a muchos otros

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  9. Me ha encantado, enganchado desde el primer momento. ...y casualidades de la vida, hace tres fines de semana estuve hospedado en la Plaza de la Trinidad, un fin de semana sin guía paseando por las calles de Graná.
    Sigue así!!!!

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    1. ¡Qué bueno, Jorge! Gran sitio para deambular... con guía o sin ella. Abrazo

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  10. Enhorabuena Jorge ! Te superas en casa relato !!!!!

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    1. Muchas gracias, Elena. Espero mantener el interés en los próximos. Besos

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  11. Me encanta!!!!!
    Una historia que te atrapa desde el primer párrafo, con personajes y emociones que se sienten reales
    El final es la guinda perfecta
    Enhorabuena!!!

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  12. Espectacular relato corto con enigmático final. Enhorabuena

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