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Un viaje imposible

   Habíamos decidido pasar nuestras primeras vacaciones juntos. Acordamos buscar un plan cada uno por su cuenta, para después ponerlo en común y decidir. Apenas llevábamos tres meses saliendo y todavía no nos habíamos planteado vivir juntos. Me quedaba mucho por descubrir de Luis. Seguro que él tenía la misma sensación.    Me sentía un poco nerviosa, recordando mis últimos fracasos amorosos, pero a la vez ilusionada ante la idea de compartir el deseado descanso veraniego.    Nos sentamos en una cafetería tranquila para intercambiar nuestros avances en la búsqueda. Nada más soltar mi mano, Luis colocó sobre la mesa un colorido catálogo de una compañía de viajes que yo no había oído nombrar en mi vida.    —Creo que he encontrado el plan perfecto. Me lo han recomendado unos amigos que lo hicieron el año pasado. La agencia tiene muy buenas reseñas —dijo Luis con la ilusión de un niño, mientras abría el folleto por una de las páginas centrales. ...

Barras en blanco y negro

Querido Antonio, Sé que cuando leas esta carta tu amor quizá se haya convertido en odio. No te culpo. Nuestra relación era imposible. Tú estás casado y vives en España. Aunque yo sea americana, mi entorno tampoco la aprobaría. Al otro lado del océano también hay familias conservadoras. Te pido perdón por no haberme despedido. Por haber salido de tu vida de forma precipitada, sin dejar al menos un mensaje. Ava no me dio opción. Tuvimos que coger un avión a Roma con urgencia. Los periodistas la acosaban. Los chicos de Frank también. La presión era asfixiante y teníamos que escapar antes de que todo fuera a peor. No me guardes rencor. Nunca he conocido a nadie como tú.   Recordaré toda mi vida estos meses contigo. Te he querido. Anne *** Hoy he abierto la caja con los libros que me llevé de casa de mi abuelo el día que la vaciamos. Han pasado más de dos años. Los malos recuerdos de aquel día me impedían acercarme a ella. Sentía curiosidad por conocer sus gustos literar...

El palacio bajo las estrellas

     Ramiro Pérez encontró un sobre lacrado sobre la mesa de nogal barnizada de esquinas redondeadas, que le servía de escritorio. No era fácil detectar la presencia del paquete, pues estaba sepultado entre decenas de cartapacios y dosieres. El remitente no se había molestado en identificarse. Una cinta de vídeo VHS salió a la luz después de que las tijeras la liberaran de su cautiverio entre burbujas de plástico. Preguntó a su secretaria por la procedencia del envío anónimo. No le supo dar razón.      Ramiro no había visto un casete similar desde sus primeros años de plumilla en el diario El Imparcial . Un destello con la imagen de un televisor de tubo de rayos catódicos con ranura inferior vino a su mente. El obsoleto artilugio se encontraba en el archivo, en los sótanos de la sede del periódico. Formaba parte de los cientos de artículos almacenados a la espera de ser exhibidos en el futuro Museo de la Prensa en Libertad, cuya inauguración llevaba lustros...

Ha merecido la pena

Esta noche todo son abrazos. Abrazos y euforia desatada. Teníamos esperanzas de alcanzar un buen resultado. Convertirnos en decisivos. Hacer oír nuestra voz de una vez por todas. Pero ¿ganar? Apuesto a que ninguno de los que inundan el salón de este hotel lo hubiera soñado. No tan pronto. La adrenalina acumulada durante las semanas de campaña parece desbordarse por momentos. Siento que estoy cruzando la meta tras haber corrido diez maratones seguidos. No encuentro en mi memoria nada parecido. Mi teléfono va a estallar. Tengo tal cantidad de mensajes que necesitaré dos legislaturas para leerlos. Todos presentan un patrón reiterativo. ¡Qué rápido pasan de la enhorabuena al qué hay de lo mío! Gente que ni siquiera conozco. Íntimos amigos de un conocido de un amigo. Tendremos que crear un ministerio para que los atienda a todos. Con varias secretarías para colocarlos después. Como si no tuviéramos ya problemas con los que llevan desde el día no tan lejano en que arrancamos.   Bus...

Patas cortas (segunda parte... y final)

Loreto se sorprendió al ver que el señor López no se encontraba en la mesa. Tampoco había rastro de Elena. —Perdone. El señor que estaba sentado antes de que yo llegara, ¿sabe dónde ha ido? —No. Estaba aquí hace un momento. Me acaba de pedir la carta de vinos —contestó el camarero, dejándola sobre el mantel—. Habrá ido al servicio. ¿Quiere usted algo de beber? —Póngame también una copa de vino blanco, por favor.   Juan no podía salir por la puerta principal sin cruzarse con la persona que lo creía a cientos de kilómetros de distancia. Una vez recobrada cierta compostura, volvió al pasillo. Un letrero de «Salida de emergencia» al final de este le permitió respirar aliviado y reducir el número de pulsaciones, disparado desde hacía minutos. La impaciencia comenzó a apoderarse de Loreto. Llevaba unos minutos sentada sola y sin noticias del resto de comensales. Sacó el teléfono del bolso y marcó el número de Elena. El buzón de voz saltó tras un corto intervalo. Repitió la ll...

Patas cortas (primera parte)

Era un viaje importante. Acudían a una reunión de seguimiento con el cliente en sus oficinas de Barcelona. Loreto y Elena eran las máximas responsables por parte de las dos compañías del consorcio. Era el mayor proyecto que les habían adjudicado en varios años. Cada una de ellas se encargaba de dirigir una línea de trabajo. A pesar de la diferencia de edad, la coordinación era perfecta. Sus carreras iban a dar un salto cuando finalizara la puesta en servicio. Habían cogido el tren de las siete de la mañana y se sentaban en asientos contiguos. El madrugón le estaba pasando factura a Loreto. Después de poner en común la presentación conjunta al cliente en el ordenador portátil de Elena, aquella se había abandonado al sueño. Llevaba más de media hora cabeceando sin encontrar una postura fija. Elena seguía trabajando, revisando las diapositivas e introduciendo los últimos cambios. Era muy perfeccionista. El teléfono de Loreto comenzó a vibrar repetidamente. El zumbido no era suficiente par...