El sueño eterno en Madrid (primera parte)
Jaime Ruiz ha quedado a comer hoy con
Alberto Simmonet en un restaurante al lado de su despacho. Alberto es detective
privado. No lo conoce. Se lo ha recomendado su amigo Ramón, que ya ha requerido
sus servicios en más de una ocasión. Bueno, no exactamente él, sino la empresa
para la que trabaja. Siempre ha quedado satisfecho.
Las referencias de Jaime sobre el
gremio detectivesco vienen de las novelas policiacas o de las películas de cine
negro. La realidad debe ser menos glamurosa y nada romántica.
El restaurante lo ha elegido Alberto.
Jaime hubiera preferido una primera cita más formal, en la intimidad de su
oficina. Pero fue Alberto quien propuso que se reunieran aprovechando la hora
de la comida, aduciendo que era el único hueco que le podía ofrecer. De hecho,
aceptó recibirlo sólo porque venía de parte de Ramón, que debe ser uno de sus
mejores y más antiguos clientes. No era consciente de lo demandada que está la
profesión.
El restaurante carece de todo
encanto. Es el típico local de menús. A juzgar por la cantidad de gente que
tiene en la barra esperando a ser sentada, se debe comer bien. Todos parecen
ser clientes habituales, oficinistas que trabajan por la zona. Se dirigen a la
camarera por su nombre, Anita, y ella les responde igualmente, con total
familiaridad. El nivel de ruido, sin embargo, no es el más adecuado para
mantener una reunión profesional.
Pregunta a Anita por Alberto,
convencido de que lo conoce.
—¿Alberto? Claro. Está sentado en
la mesa del fondo, al lado de la ventana.
Mientras se dirige a su encuentro,
abriéndose paso por entre las mesas, constata que su imagen no se corresponde
con el estereotipo del cine o la literatura.
Su apariencia es desaliñada en
general. Ya ha superado con creces los cuarenta. Poco pelo, peinado hacia
atrás. Perilla superpuesta sobre una barba de dos días. El cuidado de su
aspecto no se encuentra entre sus prioridades. Lleva puesta una americana azul
que hace mucho tiempo que tuvo sus mejores días. El mismo tiempo que hace que
su propietario es incapaz de abrocharse su botón. No se puede decir que Alberto
sea obeso, pero sin duda el deporte le ocupa menos tiempo del que pasa en
frente del espejo. Su físico dista mucho del de una persona saludable.
Cuando llega a su mesa, Alberto tarda
en advertir la presencia de su futuro empleador. Se encuentra absorto con la
pantalla de su móvil, mientras da buena cuenta de una tapa de torreznos al lado
de una copa de cerveza medio vacía y otra vacía del todo.
—Hola Alberto, soy Jaime Ruiz, el
amigo de Ramón Corominas.
Alza la mirada y sonríe. Sus ojos
son los de una persona vivaz e inteligente, y a través de ellos comienza a
escudriñar a Jaime. Debe ser un acto reflejo, indispensable para su oficio. Sus
dientes, que ha mostrado al sonreír, son perfectos. No cuadran mucho con el
resto de su físico.
Sin levantarse de su silla, tiende
la mano hacia Jaime y le saluda.
—Encantado, Jaime. Gran tipo,
Ramón. Precisamente esta mañana he estado hablando con él.
Se sienta en la silla enfrentada al
detective. La mesa es tan pequeña que sus rodillas casi chocan.
Alberto levanta la mano y en menos
de un minuto Anita toma nota de una cerveza más para Alberto, agua con gas para
el recién llegado y del resto de los platos del menú. Da la impresión de que el
investigador pasa más tiempo en este restaurante que en la cocina de su casa.
Antes de que lleguen los platos, Jaime
expone a Alberto con la mayor concisión de que es capaz el motivo que le ha
llevado a demandar sus servicios.
—Presiento que mi socio en la
empresa, Juanjo, está intentando hacerme la cama. Nuestra relación se ha
deteriorado en los últimos meses. Las desavenencias y encontronazos son cada
vez más frecuentes y los criterios en la gestión cada vez más divergentes. Creo
que tiene la intención de montárselo por su cuenta, llevándose a todos nuestros
clientes y a la mayor parte del personal clave. Si se confirma que esto es así,
prefiero estar prevenido antes de que ocurra. Me va mucho en ello.
—No sé qué os pasa últimamente a
los empresarios. Cada vez tengo más casos como el tuyo. Os ha invadido la
codicia y no tenéis ningún escrúpulo en pisotear la amistad y el compañerismo.
—Alberto, no te equivoques. La
nuestra es una empresa modesta que hemos levantado a base de mucho esfuerzo y
tesón durante casi treinta años. Hemos sufrido como cabrones en todas las
crisis. Ya no recuerdo las noches que he pasado sin dormir, pensando que al día
siguiente debía despedir a alguien porque no nos llegaba ni para pagar las
nóminas. Mi matrimonio se fue al garete hace años por toda la mierda que
llevaba a casa desde la oficina…
—Vale, vale —interrumpe lo que
comenzaba a convertirse en una arenga—. ¡Líbreme Dios de juzgar a nadie!
Bastante tengo con lo mío… aunque afortunadamente yo soy mi único socio. —Le
guiña el ojo mientras apura su tercera cerveza y levanta la mano buscando a
Anita.
Antes de que Alberto demande más
detalles, Jaime saca un sobre. Contiene una foto de Juanjo y un folio con la
información básica del caso. Alberto dedica bastante más tiempo a examinar la
foto que los datos contenidos en el papel adjunto, como si intentara comprender
al personaje que le mira desde la impresión a color. Levanta la vista y mira
directamente a su interlocutor con unos ojos que comienzan a incomodarle.
—¿Hasta dónde quieres llegar,
Jaime? Te voy a ser muy franco. No me
gustan los malentendidos. Averiguar si tu socio está pensando en hacerte la
pirula con la empresa como barruntas, no llevará más de una semana. Tienes que
decidir si quieres que vaya más allá.
—Creo que no te estoy entendiendo.
—Yo creo que sí. Lo que quiero
decir es que podemos ir más lejos y buscarle las cosquillas a tu querido socio,
para que en vez de mantenerte agazapado, puedas pasar al ataque y golpear tú
antes.
—Perdona, Alberto, sigo perdido. ¿A
qué te refieres?
—Todos tenemos cosas que esconder.
Tú, yo, Juanjo, y cualquiera de las personas que se encuentran en este bar.
¿Una amante? ¿Vicios inconfesables? ¿Delitos fiscales?... No sigo. Créeme, la
lista es interminable. Si averiguamos los de tu socio, estarás en una mejor
posición para defender tus intereses en la empresa.
—Vamos a ver, conozco a Juanjo de
toda la vida. Montamos la empresa juntos porque éramos amigos. Es verdad que
siempre es difícil mantener una amistad cuando hay negocios y dinero de por
medio. Es normal que las cosas se enfríen. Pero de ahí a escarbar buscando
mierda…
—Tú decides. ¿Tienes ya un plan
para defenderte en caso de que tus sospechas sean ciertas?
Jaime medita por un segundo su
respuesta. Alberto le ha abierto los ojos.
—Está bien. Tienes razón. Me estoy
jugando mucho y parto con muy malas cartas. Voy a necesitar algo para
equilibrar la partida.
La cara de Alberto y su sonrisa
cínica confirman que tenía claro desde el primer momento cuál sería la
decisión. Después de tantos años de profesión, parece conocer los lugares más
recónditos de la naturaleza humana. Hace mucho tiempo también que debió
acostumbrase a una continua decepción.
—En dos semanas tendremos algo. Si
te parece, te llamo el lunes de la semana que viene para ponerte al corriente
de los avances.
Diez minutos después se despiden en
la puerta del restaurante. Alberto ha fijado sus honorarios, gastos aparte. Jaime
ha tenido que pagar la comida. La cuenta de las cervezas y el pacharán que se
ha tomado con el café excedía el total del importe de los dos menús. Debe de
estar bastante acostumbrado, pues su conversación se ha mantenido lúcida y sin
signo alguno de vacilación en todo momento.
Se queda observándolo mientras
camina hacia su oficina después de encender un cigarrillo. Su paso es
igualmente firme.
Viene en ese momento a la mente de
Jaime la imagen de Humphrey Bogart encarnando a Phillip Marlowe y piensa que, a
pesar de su físico, Alberto podría haber servido de inspiración a Chandler o
Hammett, de haber vivido en otra época. Se pregunta si será consciente de ello.
***
Días después, Alberto
Simmonet está a punto de dar carpetazo al asunto de Jaime Ruiz. Un caso de
libro que no le ha llevado demasiado tiempo resolver. Las sospechas de Jaime
eran fundadas. Su socio durante años, Juan José Lastra, le quiere dejar tirado.
Ya tiene constituida una nueva sociedad a la que transferirá toda la actividad
de la empresa actual que comparte con Jaime.
Tampoco le ha costado
mucho encontrar una grieta en la vida de Juanjo que le sirva a Jaime como baza
negociadora para no perderlo todo. Juanjo tiene una amante. Ha conseguido
varias fotos de los dos juntos en una actitud que refleja algo más que una mera
amistad. Fotos que Juanjo no querría ver en manos de su mujer.
Piensa que Jaime debe
moverse rápido en cualquier caso, antes de que su empresa haya sido vaciada por
su socio y acabe en la calle tras toda una vida de esfuerzos y sinsabores.
Alberto ha intentado localizarlo para ponerle al corriente de sus hallazgos,
sin éxito. Le ha dejado ya dos mensajes en el buzón.
Al día siguiente,
cuando Alberto se encuentra en su despacho a primera hora, recibe una llamada
de Ramón Corominas, su cliente y a la vez amigo de Jaime.
—Hola Ramón, ¿qué tal
va todo?
—Pues la verdad es que
no muy bien. Estoy consternado, Alberto. Jaime Ruiz sufrió un accidente de
coche anoche cuando volvía a casa desde la oficina. Cuando llegó el SAMUR, ya
había fallecido. Acabo de llegar al tanatorio. ¡Menuda tragedia!
—Me dejas helado. ¡Vaya
palo! —Alberto está todavía conmocionado y no sabe muy bien qué decir, mientras
su mente procesa la información que acaba de recibir.
—Sé que te había solicitado
un servicio. Por eso te llamo. Me temo que ya es irrelevante.
—¿Se ha determinado ya la
causa en el atestado? —La cabeza del detective nunca descansa.
—Pues eso es lo sorprendente.
Los análisis revelan exceso de alcohol en sangre. Pero Jaime nunca bebía.
—Sí, es verdad.
Recuerdo que el día que nos reunimos, sólo bebió agua con gas.
El instinto de Alberto
le dice que algo no acaba de cuadrar. Si bien ya no tiene cliente ni encargo
alguno, decide que el caso no ha terminado. En cierta forma, se siente en deuda
con Jaime.
—¿Cuándo es el
entierro? —pregunta Alberto.
—Mañana a la una en el
cementerio al lado del tanatorio de Tres Cantos.
—Me pasaré. Tengo el presentimiento de que la muerte de Jaime puede estar relacionada con el trabajo que yo estaba realizando para él. Y mi intuición me falla pocas veces.
(Continuará la próxima semana...)
Continuará la próxima semana...espero sea el lunes ☺️!
ResponderEliminarEl lunes sin falta, Elena. Ya sabes que soy un tío serio. Jajaja
EliminarVaya, cuando más atento estaba, ¡zas! Continuará la próxima semana. Muy bien, creando expectación. A ver el desenlace, que me intriga, jeje
ResponderEliminarEsto es como las series de TV antiguas. Te quedabas una semana entera con la intriga. Tenían que recordarte al inicio cómo había acabado la semana anterior. Jajaja. Ahora ya no es así. Todo es inmediato y satisfaces la curiosidad al instante
EliminarMuy bien Jorge, has conseguido que te siga con avidez, me parto con el símil de las series de finales de los 70 y 80 que te hacían espererar una semana. Creo que en mi caso cultivó la capacidad de.ser.paciente y disfrutar.del trayecto, este relato me recuerda a ello,
ResponderEliminarGracias, Jorge. Espero que te guste el desenlace y que lo disfrutes. Abrazo
Eliminary ahora? a esperar unos dias.... jajajajajaj
ResponderEliminarYa queda menos, Savi. Jajaja
EliminarMuy bien Jorge, la trama nos tiene intrigados. A ver qué le pasó al bueno de Jaime…to be continued
EliminarYa la tienes publicada. Espero que no te defraude. Y en un futuro vendrán más aventuras de Simmonet
EliminarNoooo... como que continuará... ya estaba avido de conocer el final!
ResponderEliminarCapitán, tienes suerte de que ya lleve tiempo publicado el desenlace. Y en breve nueva entrega de las aventuras de A. Simmonet
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