La carretera interminable
Hoy cenaré con Ángel, mi antiguo compañero de universidad. No lo he vuelto a ver desde que nos graduamos, y de eso hace ya más de diez años. En un inicio, se vino a Estados Unidos con una beca para cursar un doctorado en una especialidad de tecnología punta. Era algo tan novedoso y distante de las ramas que podíamos cursar en España, que ya ni me acuerdo del nombre. Cuando finalizó, consiguió una plaza de profesor investigador. Hoy en día es catedrático en la Universidad de Texas. Dirige un equipo de veinte personas, entre estudiantes y técnicos. Podríamos decir que le ha ido muy bien. Es un auténtico “cerebrito” y además se lo ha currado. Si se decidiera a volver a España, con su currículum, se lo rifarían.
Mi trabajo me ha traído hasta Houston. Un
congreso internacional que me permite reunirme con numerosas empresas de mi
sector. Son días agotadores. Pero no quiero dejar pasar la ocasión de volver a
ver a mi amigo, ahora que estaremos cerca durante unos días. Quizá no se
presente la oportunidad de nuevo en bastante tiempo. Me ilusiona mucho juntarme
con él esta noche y rememorar los viejos tiempos.
El transporte público es prácticamente
inexistente por estos lares. He tenido que alquilar un coche para llegar hasta
la localidad donde se encuentra su casa. Esta mañana me envió una nota con su
dirección y las indicaciones precisas para llegar. Vive en una urbanización
cerrada de casas individuales, cosa que me ha sorprendido. Siempre había tenido
la imagen de viviendas unifamiliares, pero abiertas a la calle, sin ninguna
valla o cercado. Para acceder a la misma con el vehículo debo abrir una cancela
con un código de cuatro números, que incluye en su mensaje.
Hemos quedado a las ocho. Aquí se acostumbra
a cenar a una hora más temprana. Salgo del trabajo en cuanto puedo y me pongo
en camino. Quiero llegar con tiempo. Son las seis de la tarde. Introduzco la
dirección en el navegador del móvil y no puedo creer lo que ven mis ojos. Está
a más de cien kilómetros y la ruta teñida de rojo me indica que hay un atasco
terrible. Siempre había pensado que mi colega vivía en los suburbios de
Houston. Me doy cuenta de que el concepto de distancias en este país está
bastante alejado del nuestro. Hora estimada de llegada: ocho y media. Aviso a
Ángel de mi retraso en cuanto me adentro en el embotellamiento. Nada más enviar
el mensaje el aparato me alerta de que el nivel de batería está por debajo del
veinte por ciento. El coche no tiene conectores compatibles con mi cable de
carga. Comienzo a ponerme nervioso.
Tres cuartos de hora después apenas he salido
de la ciudad. La hora punta se ha intensificado. La llegada estimada se va
alejando en el tiempo, como si estuviera en un túnel oscuro y la luz de la
salida se alejara cada vez más a medida que penetro en él. Toco el terminal y
está inusualmente caliente. Parece que se ha contagiado de mi agitación. El
gasto en batería debe ser proporcional a la temperatura porque el nivel apenas
alcanza el diez por ciento. Recuerdo además la obsesión por la puntualidad que
tenía Ángel.
—Perdona, llego super tarde. El atasco ha
empeorado. Todavía afueras Houston —escribo el mensaje mientras conduzco a
ritmo de tortuga.
—No te preocupes. Aquí te espero —la respuesta
llega un minuto después.
A las siete y media el tráfico parece mejorar
al superar un cruce de autopistas donde uno diría que convergen todas las carreteras
de América, pobladas de automóviles de cristales tintados y camiones mastodónticos.
Anticipo mentalmente el momento largamente deseado que voy a compartir con mi
amigo y mi ánimo mejora. Pero la alegría es efímera. El color rojo vuelve a
aparecer en la representación de la ruta que tengo por delante hasta mi destino.
Empiezo a calcular cuánto tiempo de vida le queda a mi teléfono antes de fallecer.
Menos del cinco por ciento. Una sensación de angustia recorre mi cuerpo.
Cuando la batería alcanza el dos por ciento
decido apagarlo. Antes memorizo los desvíos que debo tomar hasta llegar a la
ciudad donde reside Ángel. Confío en contar con esos últimos electrones para poder
visualizar el tramo final hasta mi ansiada meta. Son las ocho y veinte y ya no
tengo información fiable del tiempo que resta para concluir mi atribulado
viaje.
Conduzco por carreteras interminables
mientras anochece. Me invaden imágenes de mi vida universitaria y la relación de
amistad que nos unió. Se forjó más por el deporte que por las salidas
nocturnas. Ángel no tenía por aquella época demasiada vida social. Apenas
recuerdo su presencia en alguna de las múltiples fiestas a las que acudíamos el
resto de los compañeros. A las pocas a las que iba, era de los primeros en
irse, la mayor parte de las veces “a la francesa”. He de reconocer por otro
lado, que era una persona muy desprendida, siempre dispuesta a ayudar. Que yo
tenga hoy una titulación superior es en parte mérito suyo. Me brindó su apoyo
desinteresado en todo momento: apuntes prestados, explicaciones de los temas
más complicados, clases particulares que no me cobraba… Siempre le estaré
agradecido.
A las nueve y diez tomo la última salida que
mi cabeza retuvo casi una hora atrás. En cuanto entro en el núcleo urbano me detengo
en el aparcamiento de un supermercado que debe llevar bastante tiempo cerrado. Enciendo
el móvil para volver a recordar la dirección de la casa de Ángel e introducirla
en el navegador. Este calculará el camino que me llevará hasta allí. Al fin
podré abrazar a mi amigo. El aparato se tira más de dos minutos
inicializándose. Mi inquietud crece por momentos. Por fin consigo acceder a la
información deseada. Cuando me dispongo a introducirla en la aplicación, la
pantalla del teléfono cambia a un color tan negro como la noche que hace rato cayó
sobre esta parte del mundo. Pánico. Después de casi cuatro horas de tortuoso
viaje, me encuentro varado en medio de la nada, sin un mapa que me arroje luz
sobre su último trecho. Nunca pude
imaginar que una sencilla visita a un viejo colega pudiera servir de
inspiración a Homero para una nueva versión de la Odisea.
Intento recobrar la calma. Una reflexión viene
a mi mente. La última vez que vi a Ángel, no existían los teléfonos
inteligentes ni los sistemas de navegación. Y conseguíamos llegar a nuestros
destinos sin dificultad. Debo proseguir mi trayecto recuperando habilidades
pasadas y ya casi olvidadas. Mi memoria ha retenido el nombre de la avenida y
el de la urbanización. Esta aparenta ser una ciudad mediana. Debe ser posible
encontrarla, a pesar de que todo a mi alrededor tenga la apariencia de zona
residencial, sin ningún comercio o restaurante donde poder preguntar.
Miro el reloj y son casi las diez. Recuerdo
que antes de desvanecerse, mi móvil me anunció que durante su desconexión
momentánea había recibido varios mensajes de mi compañero. Me imagino que, ante
mi retraso, habrá estado llamándome de forma reiterada. Me vuelvo a poner en
marcha. Estoy determinado a completar con éxito mi misión.
Ni un alma por la calle. En este país no hay
mucha costumbre de caminar y menos a estas horas de la noche. Llego a un cruce.
¡No me lo puedo creer! ¡Es la avenida que estoy buscando! Asomo el morro del
coche y me doy cuenta de que es una calle kilométrica a uno y otro lado. Decido
probar suerte girando hacia la izquierda. Conduzco despacio, tratando de
encontrar algún establecimiento abierto donde obtener indicaciones. No veo
ninguno.
Apenas he recorrido trescientos metros cuando
vislumbro a mi derecha un cartel iluminado. ¡Mi suerte ha cambiado! ¡Es el
nombre de la urbanización donde vive Ángel! Me encamino hacia la entrada y en
ese instante recuerdo que para acceder al recinto necesito el código de cuatro dígitos
que me envió esta mañana. No tuve tiempo de volver a acceder al mensaje, antes
de que el terminal diera sus últimos estertores. No hay garita ni portero para poder
explicar que vengo a visitar a uno de los residentes. Son ya las diez y cuarto.
¡Mis manos llevan aferradas al volante más de cuatro horas! Empiezo a dudar que
haya algún restaurante abierto en toda la ciudad. La posibilidad de degustar
algún plato de la cocina local se me antoja remota. Me concentro e intento
recordar los números. En un arrebato de inspiración, una combinación viene a mi
cabeza. Antes de que se disipe, tecleo rápidamente las cifras. Una luz verde comienza
a destellar y… ¡la valla comienza a abrirse! Mi espíritu se enciende al superar
la prueba.
Una vez dentro, miro a mi alrededor y calculo
que habrá unas veinte viviendas. Aparco y me dirijo a la que tengo más cerca. Tengo
claro que esta noche no va a haber término medio. O acabo cenando con Ángel o durmiendo
en la comisaría. Podría ser incluso peor. Recibir un disparo. Pero esos
pensamientos no me detienen. Pulso el timbre y segundos después una niña de
unos diez años se asoma al vidrio de la puerta sin abrirla. Me mira sorprendida
y llama a gritos a su madre.
—Mamá, mamá. Hay un hombre en la puerta —la
escucho decir al otro lado del cristal en un perfecto inglés. Tentado estoy de
salir corriendo.
La puerta se abre y una mujer joven me
pregunta qué es lo que quiero. La niña se mantiene detrás de sus piernas,
escondida ante la presencia de un desconocido. Da la impresión de que no tienen
costumbre de recibir visitas a estas horas intempestivas.
—Hola, perdone que les moleste tan tarde. He
venido a visitar a un amigo español que es vecino suyo. Me he quedado sin
batería y no sé exactamente en qué casa vive. Se llama Ángel. Es catedrático en
la universidad. ¿Lo conoce?
—¿Un vecino español? No, no lo conozco, la
verdad.
—Vaya. ¿Y no tendrá un cargador de móvil que
me pueda dejar un momento para recuperar el mío?
Le indico la marca y su respuesta es negativa.
—¿No sabe de algún vecino que lo pueda
conocer?
La joven se impacienta. Seguramente le estoy
interrumpiendo su serie favorita. Comienzo a temer que me cierre la puerta en
las narices.
—No sé. Espere un momento. —Saca su móvil y
empieza a escribir algo. Pasa casi un minuto antes de que levante la cabeza y
vuelva a dirigirse a mí—. He enviado un mensaje al grupo de vecinas y nadie lo
conoce. ¡Qué raro!
Sospecho que está empezando a desconfiar. No
sé cómo reaccionar. Son cerca de las once y siento que me estoy quedando sin
recursos.
Un silencio incómodo se interpone entre los
dos. Me mira como diciéndome que poco más puede hacer por mí. Ya ha perdido
demasiado tiempo ante un desconocido. Poco después, su gesto cambia de repente.
Parece haber encontrado una salida a la situación.
—Ya sé. Mire. Vaya a la casa de enfrente. —Me
señala un chalé a unos doscientos metros, al otro lado de la calle—. Su
propietario es el tío más popular de por aquí. Conoce a todo el mundo. Él
seguro que le podrá ayudar.
No me queda más remedio que seguir su
consejo, aunque creo que lo que busca es librarse educadamente de mí.
Pulso por segunda vez en la noche el timbre
de una casa desconocida. La escena se repite. En este caso es un niño el que se
asoma por el cristal, antes de llamar a su padre. La puerta se abre y aparece un
hombre de mediana edad de casi dos metros de altura. Respiro aliviado, ya que pienso
que no me debe ver como amenaza. Eso reduce las probabilidades de acabar
recibiendo un balazo.
Me oigo recitar una explicación sobre mi
presencia ante su puerta a horas tan impropias. Ya casi la he aprendido de
memoria. Al terminar, aguardo su respuesta con esperanza.
—¿Un catedrático español? ¿Vecino nuestro?
Pues la verdad es que no. No me suena de nada… y eso que conozco a casi todo el
mundo por aquí.
El mundo se me viene encima. Tantas
adversidades vencidas, para acabar muriendo en la playa. Mi cara debe reflejar
con toda claridad mi estado de abatimiento, porque a continuación escucho.
—No te preocupes, amigo. Tú y yo vamos a
encontrarlo. Te doy mi palabra.
—¿Sí? ¿Cómo?
—Vamos a coger mi coche e ir casa por casa
hasta que demos con él.
Mi rostro se ilumina de nuevo cuando sigo sus
pasos hacia un todoterreno de un tamaño acorde a su propietario. Las ruedas me
llegan casi hasta el pecho. Me cuesta un triunfo encaramarme hasta el asiento. Después
de lograrlo, iniciamos nuestro periplo exploratorio a una velocidad contenida.
A medida que avanzamos, mi nuevo compañero de
viaje repasa mentalmente una lista imaginaria con los moradores de cada una de
las viviendas que nos encontramos a nuestro paso. Cuando ya casi hemos llegado
al final del recorrido, sin rastro de la de Ángel, nos adelanta una furgoneta
de reparto de pizzas a domicilio. Se detiene enfrente de la última casa. Tiene
un gran ventanal iluminado que debe corresponder al salón. Nos encontramos a
una distancia considerable, pero logro distinguir una silueta familiar al otro
lado del cristal. Es la de un catedrático español desconocido entre sus vecinos.
Claramente su vida social sigue siendo tan poco intensa como cuando sólo era un
estudiante. Al menos, su capacidad de anticipación a los imprevistos nos
permitirá cenar algo caliente esta noche.
Un día eterno llega a su fin cuando me fundo
en un abrazo con mi añorado amigo.
Tiene pinta de relato autobiográfico. ¿Me equivoco?
ResponderEliminarAsí es. Ya sabes, Andrés, que a veces la realidad supera a la ficción
Eliminar!Ay, qué nervios! Pensaba que no lo
ResponderEliminariba a encontrar! 😍👏🏻👏🏻👏🏻
Esta semana tocaba final feliz también. Ya veremos las próximas. Gracias Elena
EliminarJa, ja, ja, esto es una crónica tuya…, pero aún así, mantiene la tensión hasta el final. Muy bueno
ResponderEliminarComo decía arriba, la realidad supera a la ficción. Esta no deja de ser una historia de superación. Jajajaja
EliminarMuy bueno Jorge!! Me gusta mucho cómo escribes!!
ResponderEliminarMuchas gracias, María. Me alegro mucho
EliminarJa, ja, ja que nervios Jorge!!! bravo por los amigos que no se rinden.
EliminarEl que la sigue, la consigue. Jajaja. Gracias, Savi
EliminarQue tensión. Muy chulo y adictivo. Esperando el próximo
ResponderEliminarMuchas gracias, Luis Carlos. Espero no defraudar con las siguientes entregas
EliminarLis Carlos????? Cuanta frialdad. Tio Carli
EliminarA ver Carli, que este es un foro serio. Jajaja
EliminarÁngel, pero cómo no estás en la puerta de la urbanización???
ResponderEliminarLa perseverancia es una virtud!
A por el siguiente!
El pobre Ángel no sabía si su amigo estaba en Texas o en la frontera de Canadá. Tres horas sin noticias... Jajajaja
EliminarMe ha gustado mucho Jorge! Espero no pares en agosto!
ResponderEliminarMuchas gracias, Bea. Creo que un respiro me tomo. Aunque prometo que será breve. Besos
EliminarVaya nervios. Si te pasó algo parecido, ya no saldrás sin el teléfono bien cargado!! Enhorabuena, buen relato.
ResponderEliminarPues no te creas... soy un poco desastre para esto. Así tengo argumentos para nuevos relatos. Jajaja
Eliminar¡Crack! Menuda aventura
ResponderEliminarSí... y lo peor es que había que volver a Houston. Jajaja
EliminarTodo por una Pizza!! Venga Ya!! Me esperaba que el amigo se había convertido en un asesino en serie, o tenía secuestrado a alguien !! Jeje ...
ResponderEliminarNacho, eso ya sería una novela. Jajaja. Veo que te gustan más los relatos con las miserias humanas. No te preocupes. Pronto vendrán
EliminarPensé q acabaría de manera sorprendente/trágica… q alivio!, porq la angustia era contagiosa..Estas definiendo tu estilo Jorge… enhorabuena!!
ResponderEliminarMuchas gracias, Bea!
EliminarQue nervios!!!! Me vi reflejada en esa historia…menos mal tuvo un final feliz!
ResponderEliminarEspero que tu experiencia acabara también con un final feliz, Vini.
EliminarEn vilo hasta la última línea. Enhorabuena
ResponderEliminarGracias, Antonio! En próximas semanas volverá la tensión
EliminarAl más puro estilo Hitchcock!!! Gracias Jorge, muy bueno!!!
ResponderEliminarMuchas gracias, Miguel! Ya me gustaría... Jajajaja
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