Donde manda patrón...
Tom ha decidido que este va a ser su último crucero. Se retira. Cuando acabe esta travesía colgará su gorra marinera y se irá a descansar a Florida. Ya no aguanta a un nuevo rico más.
¡Cómo ha cambiado el oficio! Tom lleva casi treinta años como
capitán de embarcaciones de recreo. Trabaja al servicio de millonarios de todo
el mundo por temporadas. Propietarios de veleros de lujo que no se quieren
involucrar en el gobierno de la nave.
Cuando comenzó, sus clientes eran gente con clase, discreta y
con cierto glamur. Apreciaban su trabajo. Hoy en día son todos patanes venidos
a más que lo único que buscan es alardear de su fortuna. Oligarcas rusos,
familiares de jeques árabes o incluso delincuentes de guante a veces no tan
blanco. Lo tratan como a un grumete, por el mero hecho de que son ellos los que
pagan.
Está deseando atracar en el puerto de destino, Newport, y
mandar a paseo a Dick y a toda su cohorte de impresentables. Dick es supuestamente
un hombre con negocios inmobiliarios que se acaba de divorciar de su tercera
mujer. Ronda los cuarenta. Su barriga prominente, el escaso pelo y la tez
enrojecida por el exceso de alcohol le dan un aspecto de mayor edad. Le dijo
que este recorrido con sus cinco camaradas era una especie de celebración de la
separación y vuelta a la libertad. Por su comportamiento posterior, parecería
que hubieran estado encerrados en Sing Sing durante veinte años.
¡Menudo viaje le han dado! Todo el día ebrios.
Tuvieron un hombre al agua frente a las costas de Florida.
Uno de los amigotes perdió el equilibrio al trasluchar y cayó por la borda,
agarrado a su copa de mojito. Como si esta fuera el flotador que le iba a
salvar la vida. Menos mal que uno de los marineros se dio cuenta y dio el
aviso. El resto de sus colegas, en un estado igualmente lamentable, ni se
enteraron. Aunque no había mala mar, la maniobra de rescate les llevó casi dos
horas. Cuando por fin lograron izarlo, el tío quería tirarse de nuevo al agua
porque sus amigos no le habían grabado el video para subirlo de inmediato a las
redes sociales. En la antigüedad, la ley del mar hubiera condenado a este
mamarracho a ser abandonado a su suerte en un bote a la deriva. ¡Qué pena que
no siga vigente!
Otro altercado todavía más desagradable ocurrió en uno de los
baños. Avisados como estaban de su funcionamiento, no se les ocurrió otra cosa
que depositar todo tipo de basura en el inodoro. Cuando Tom bajó la mesa de
cartas a consultar el cuaderno de bitácora se encontró con un palmo de agua,
todo tipo de detritos flotando y un hedor insoportable. Desde ese día duerme al
raso en cubierta. Se le revuelve el estómago cada vez que tiene que descender a
buscar alguna cosa a su camarote. Ni en las sentinas está el aire tan viciado. Tiene
claro que uno de los compinches de Dick activó la palanca del váter y fue
testigo de la erupción del volcán de inmundicia. Se quedó callado como una
puerta para que fuera otro el que descubriera el marrón, en toda la extensión
de la palabra.
¿Y qué decir del incidente con las prostitutas? Las subieron
al barco de madrugada en Charleston, después de lo que tuvo que ser una noche
de juerga y desenfreno. Dick se las presentó a Tom como unas amigas que acababan
de conocer. ¿A quién quería engañar? A estos adefesios no se les acercaría ni
una burra si no hubiera dinero de por medio.
—¿No estarás hablando en serio? —el capitán se negaba en
redondo a dejarlas embarcar.
—Totalmente. Estas señoritas vienen con nosotros como
nuestras invitadas. Tú serás el capitán, pero yo soy el almirante. Este barco
es mío.
—Te recuerdo que el contrato no permite llevar a pasajeros
que no estuvieran inscritos al iniciar la singladura.
—Vamos a ver, ¿tú eres marino o abogado? ¿No te creerás que me
he leído el contrato? ¡Habla en cristiano además, que no hay quien te entienda!
Lo único que sé es que, si quieres que desembolse el pago pendiente a la
llegada, vas a hacer lo que yo te ordene.
La discusión subió de tono. Los agentes de seguridad del puerto
acudieron alertados por el escándalo en marcha y las quejas de los otros yates
a horas tan intempestivas. Tom tuvo que claudicar para evitar males mayores,
acordando que las dejarían en tierra en el siguiente atraque. A los cinco
minutos de navegación ya se estaba arrepintiendo.
Todo se fue de madre cuando una de las fulanas quiso vivir
una experiencia nueva. Nadie le paró los pies. El grupo entero seguía bajo los
efluvios del alcohol. En unos minutos la habían izado al palo mayor, sujeta por
un arnés. Al alcanzar los treinta metros de altura la meretriz comenzó a gritar
que la bajaran. No aguantaba el mareo. En su estado, no era de extrañar. Los
marineros más avezados evitan a toda costa situarse a tal altura, expuestos a
los vaivenes pendulares por el viento y las olas. Los vómitos no tardaron en
llegar, dejando la cubierta recién fregada como la pista de baile de una
discoteca después de Nochevieja, justo cuando Tom regresaba de su cabina.
Como todo siempre puede ir a peor, el cabo que sujetaba a la
improvisada carajota se atascó en la polea. Cuando finalmente la consiguieron arriar
con ayuda de los dos tripulantes, la pobre mujer estaba deshidratada y más roja
que un cangrejo. Tuvieron que darla una ducha fría de inmediato para atenuar los
efectos de la insolación.
Nuestro sufrido capitán se encuentra al timón calculando
mentalmente las horas que restan para alcanzar el puerto de destino y despertar
de esta pesadilla. Afortunadamente se pudo librar del grupo de pilinguis antes
de doblar el cabo Hatteras, no sin antes verse nuevamente envuelto en un amago
de escándalo público en el puerto. El regateo a voz en grito por el precio de los
servicios de las “invitadas” de Dick atrajo a media comunidad portuaria.
Con los seis borrachos
durmiendo la mona, tiene por fin unas horas de tranquilidad. Disfruta de la
brisa en el rostro y el sonido relajante del viento y las olas combinados. Sin
embargo, la paz es efímera cuando el diablo anda suelto.
El primero en amanecer es el
jefe de la banda de fantoches. Viene en son de paz. Se deja caer como un fardo
en el asiento contiguo al del timonel.
—Buenos días, Tom. ¡Magnífica
mañana! —El supuesto magnate muestra buen humor después de purgar la ingesta de
destilados de la noche anterior.
—Eso parece. A ver cuánto
dura. En la mar todo es muy cambiante, siempre hay que estar alerta —el patrón
no puede esconder la sorna en su respuesta.
—Voy a echar mucho de menos
este viaje. Está siendo una experiencia única. Una aventura nueva cada día.
—¡Ni que lo digas! Aunque
soy más amigo de la rutina y la monotonía.
Dick no capta la ironía.
Tampoco encuentra la postura adecuada en el cojín sobre el que está repantingado.
—¿Qué coño es esto? Me he
sentado sobre algo. —Se pone en pie y levanta el almohadón—. ¡Joder! ¡Ya decía
yo! Había unas gafas debajo.
Cuando Tom desvía su mirada
del rumbo y descubre sus lentes con los cristales hechos añicos en la mano de Dick,
confirma su premonición de que la calma no duraría.
—¡Me cago en la puta! ¡Te
has cargado mis gafas! No veo nada sin ellas. ¡Y no tengo repuesto!
—¿A quién se le ocurre dejarlas
ahí?
—¡A ver cómo leo ahora las
cartas náuticas! Menos mal que ya sólo nos queda la entrada mañana en Newport. Alguien
tendrá que ayudarme e interpretarlas. No he atracado nunca es ese puerto.
—No te preocupes por eso. Tengo
todavía una vista de águila. No he necesitado gafas en mi vida. Yo me encargo.
Horas después divisan tierra.
Se encuentran a menos de cinco millas. A lo lejos vislumbran entre la bruma el
puente colgante que antecede a la bocana del muelle.
Tom quiere cerciorarse de sus
dimensiones antes de pasar por debajo.
—Dick, confírmame por favor
la altura de ese puente. No lo veo nada claro.
Dick consulta la carta.
—Tiene treinta y cinco
metros y medio. Pasamos de sobra. El palo de este barco tiene treinta.
—¿Estás seguro? Da la
impresión de ser mucho más bajo.
—Completamente. Lo he mirado
también en el ordenador y son treinta y cinco y medio.
El día siguiente, Tom lee la
portada del Newport Daily News mientras saborea un café en un motel cercano a
New Haven:
«Dos
heridos graves tras la colisión fatal de un velero con el puente colgante: Un
hecho insólito ocurrió ayer en nuestra localidad. El palo mayor del Groucho
Marx impactó brutalmente contra el puente de Newport durante su maniobra de
entrada al puerto. Dos de los pasajeros resultaron heridos graves al caerles
encima parte del velamen de la embarcación. Otros cuatro presentan traumatismos
leves. Felizmente el puente no resultó dañado y el tráfico fue restablecido
horas más tarde.
»Las
autoridades portuarias al mando de la investigación del incidente, tras
interrogar a parte del pasaje, concluyen de forma preliminar que la causa de la
colisión pudo estar en la confusión de las unidades de medida. El capitán equivocó
las yardas con metros, con un resultado fatal para el yate y su tripulación.
»Fuentes
no confirmadas aseguran que el propietario de la nave es el conocido
delincuente Richard Bacus, sobre el que pesa una orden de busca y captura. Agentes
del FBI se encuentran custodiando su habitación en el Hospital de Santa Ana,
donde convalece de sus lesiones, a la espera de declarar ante el juez.
»Sobre
el capitán de barco y profesional de larga trayectoria, Thomas Netune, en el
momento de esta publicación las noticias sobre su paradero son contradictorias.
Testigos afirman haberlo visto abandonando a nado el velero siniestrado. Por el
contrario, uno de los marineros asegura que cayó por la borda después de
recibir el impacto de la jarcia que se desprendió del palo tras el violento
choque. La Guardia Costera ha establecido un dispositivo de búsqueda».
Agradecimientos: muchas gracias a Nacho Capitán
por su inestimable asesoramiento en materias náuticas, imprescindible para
completar este relato.
Buenísimo! Pero me da pena el pobre capitán!!!
ResponderEliminarGracias, María! El capitán ya está descansando en Florida, como quería.
EliminarGracias, María! El capitán ya está descansando en Florida, como quería.
EliminarGracias Jorge!! Sin duda Tom esta en las Bahamas tomándose un buen ron!!!
ResponderEliminar¡Seguro! El pobre hombre se lo merece con creces. Jajaja
EliminarJajajaja pobre Tom, espero que haya llegado ya a Florida!
ResponderEliminarSeguro que en un algún buen sitio estará, a salvo de clientes coñazo. Habrá que escribir una segunda parte
EliminarYo soy el capitán y salto del barco en marcha y les dejo ahí...buen relato Jorge!!
ResponderEliminarGracias Miguel! Tom era un tío paciente
EliminarMuy buen relato Jorge!
ResponderEliminarMuchas gracias, Antonio! Me alegro de que te haya gustado
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