El jardinero enamorado

Creo que desde que el hombre es hombre (hombre en el sentido de especie humana, que por tanto incluye a todos los géneros; no se me ofenda nadie, por favor), las mayores vacilaciones que atormentan su mente a lo largo de su existencia están relacionadas con la elección de la persona con la que compartir la misma.  Como descendiente del homo sapiens, no me he librado de transitar por ese proceso de dudas e indecisiones en varios momentos de mi vida: ¿Será Marta la definitiva y hasta que la muerte nos separe? ¿Será este el momento adecuado para comunicarle a Ana mis pretensiones de construir nuestro futuro en común? ¿Va a salir Carolina corriendo cuando le mencione la idea de irnos a vivir juntos?

Como ya habrán podido concluir, todo el esfuerzo en la reflexión y los múltiples desvelos que me causaron estas fases repetidas de incertidumbre en el pasado, no me han servido de mucho, pues me encuentro de nuevo enfrentado a los mismos dilemas con mi novia actual, Isabel.

Después de tres relaciones fallidas, pensaba que el tren del amor había partido sin mí de la estación y ya no regresaría nunca. Hasta que la conocí hace seis meses a la salida de un concierto. El lugar ya era un buen presagio, pues estaba claro que compartíamos la que es una de mis mayores pasiones: la música. A las pocas semanas tenía claro que quería algo serio con ella. 

Estoy seguro de que el idilio con mi anterior pareja, Carolina, se fue al traste el día en que le sugerí la mera posibilidad de compartir un hogar. Aunque nunca me lo dijo explícitamente, para ella era demasiado pronto. Estaba profundamente enamorado, aunque me equivoqué en los tiempos.  Aprendí la lección. Con Isabel no iba a tropezar en la misma piedra y no iba a forzar una decisión precipitada.

Un día, mientras pensaba en ella rememorando la última noche que habíamos compartido, se me ocurrió una idea que seguramente les parecerá tonta y ñoña, aunque a mí me pareció enormemente romántica. Decidí ligar los tiempos a otra de mis grandes aficiones: el cultivo de rosas. Plantaría un rosal en el jardín a partir de un esqueje y, sólo cuando éste hubiera florecido y tuviera rosas suficientes para conformar un ramo resplandeciente, acompañado de él daría el paso de pedirle a Isabel que compartiera su vida conmigo.

Había ligado el reloj de nuestra relación al proceso natural de desarrollo de una planta y pensé que esto me ahorraría los desvelos de combatir las dudas y cavilaciones sobre cuál era el momento adecuado. Sería el cronómetro de la naturaleza el que me mandara su señal.  Pondría mimo y esfuerzo en hacer florecer el rosal, y con idéntico cariño fortalecería el vínculo con Isabel.

Como ya quedó escrito en el Antiguo Testamento, el hombre propone y Dios dispone. A pesar de mi experiencia y dotes como jardinero, el rosal tardaba en florecer más de lo esperado. Primero fue atacado por el pulgón. Cuando ya había conseguido librar a la planta de esta fatídica plaga de insectos, aparecieron multitud de hongos que a punto estuvieron de acabar con ella. De forma análoga, aunque en este caso en el campo del amor no puedo presumir de iguales virtudes, el noviazgo con Isabel comenzó a atravesar por múltiples dificultades y todo tipo de altibajos. Aunque yo seguía plenamente enamorado y siempre convencido de que ella era mi media naranja, pasamos por etapas en las que discutíamos por cualquier cosa, como si la conexión inicial se hubiera ensombrecido en un punto desconocido. Otros días, sin ninguna razón que pudiera explicar y a pesar de todas las inquietudes que compartíamos, notaba que las conversaciones no fluían como habitualmente, para acabar sumidos en largos e incómodos silencios.

Parecía que la evolución del rosal y la relación con Isabel estaban conectadas por un hilo invisible. Todo ello hizo que los desvelos no sólo no desaparecieran, sino que se multiplicaran por dos: sacar adelante el rosal y mantener encendida la llama del amor por Isabel. A punto estuve de tirar la toalla en ambos frentes.

Afortunadamente, siempre acaba saliendo el sol. Cuando llegó la primavera, gracias a mis múltiples cuidados, el rosal acabó por dar unas flores grandes con pétalos gruesos y carnosos. Iba a resultar sencillo crear un ramo espectacular con el que disipar las dudas que pudiera tener Isabel, con quien había retomado la conexión y la complicidad, y de quien me sentía más enamorado que nunca. 

Me preocupé de buscar el escenario adecuado donde recibir una respuesta afirmativa de Isabel, reservando una mesa para cenar en nuestro restaurante favorito. No cortaría las rosas hasta momentos antes de la cita, para que así el ramo mantuviera su máximo frescor.

Pocos minutos antes de partir a su encuentro, busqué el instrumento con el que rematar la labor iniciada hacía ya casi un año. Después de rebuscar por todos los rincones de la casa, no di con él. No estaba en la caja de herramientas de jardín que guardaba con el máximo de los órdenes, ni en ninguno de los múltiples compartimentos que revisé durante más de una hora, consumiendo el estrecho margen de tiempo que tenía para no llegar tarde a la cita crucial.

Ante esa posibilidad, decidí cortar los tallos de las rosas con un cuchillo de cocina, ya que las tijeras de que disponía eran demasiado endebles. Lo que aparentemente era una tarea sencilla, se tornó en una auténtica pesadilla sin el instrumento adecuado, agravada por la premura de tiempo que no dejaba de acecharme. Mis dedos acabaron sangrando por múltiples heridas, provocadas por las recias púas de un rosal cuya fortaleza yo mismo me había encargado de acrecentar durante los últimos meses. Múltiples gotas rojas acabaron salpicando la impoluta camisa blanca que había reservado para la ocasión.

Finalmente desistí y partí al encuentro de Isabel con las manos vacías y sangrantes. Lo último que quería era hacerla esperar sentada sola frente a la carta del restaurante.

Cuando llegué, me apresuré a darle a Isabel una explicación sobre el lamentable aspecto que me acompañaba. Segundos después, estupefacto, la vi sacar del bolso el objeto que había estado buscando frenéticamente hacía unos minutos.

—¿No será esto? Me acabo de acordar de que lo cogí el otro día en tu terraza para cortarme las uñas de los pies. Sin darme cuenta, me lo debí llevar a casa…

En ese mismo instante caí en la cuenta de que Isabel no era la mujer de mi vida. El camino hasta alcanzar esa conclusión había sido tortuoso, sin duda, pero había merecido la pena. En el momento final, mis ojos se habían abierto.  Mejor dejarlo aquí que enfrentar desastres mayores en el futuro.

Seguiré buscando. Seguiré anhelando volver a irme a la cama envuelto en las vacilaciones que desvelan a todo hombre enamorado.


Comentarios

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    1. Muchas gracias, Savi! Me alegro mucho de que te haya llegado.

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    1. Capitán, parece que estos dos ya no tienen más tela que cortar. Jajajaja

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  3. Cómo me divierte este relato. ¡Me encanta! Ese giro final es….

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  4. Me ha sorprendido esa visión tan romántica del autor ( jeje) y me ha divertido mucho los desvelos del enamorado… genial! Muchas felicidades!

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  5. Jajajajaja, realidad pura, en literatura

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    1. Esta vez el relato es cien por cien ficción. Paula, espero que no te haya sucedido algo parecido. Jajajaja

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  6. Carpe diem ! Las notas de humor me han encantado !!!

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    1. Muchas gracias, Elena! Me alegro mucho. La vida con humor se vive mejor

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  7. Me encanta el ritmo y como se va acelerando hasta el corte del final, muy bueno!!

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    1. Gracias, Jorge! Me alegro que te haya gustado. Nunca mejor dicho lo del corte final. Jajaja

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  8. Jaja... Me parto!! No me esperaba nunca este final despues de tanto romanticismo!!.. bravo Jorge!

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    1. Giro final para volver a la realidad. Jajaja. Gracias, Antonio!

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