El vecino perfecto
Este verano hemos
tenido vecinos nuevos en la urbanización. Una pareja interesante, sin hijos. Elena,
mi mujer, ya los ha conocido.
—La verdad es que son
un matrimonio encantador. A ver si animan un poco el ambiente de esta comunidad.
Aquí sólo hay niños correteando por cada esquina y padres que no paran de
gritarles —comenta Elena al sentarnos a la mesa después de una mañana en la
piscina.
—Eres un caso. Apuesto
que ya conoces su vida entera.
—Oye Nacho… que tú
seas un ser asocial es tu problema. Pues sí. Él se llama David y trabaja en el
Banco de Santoña. Tiene un puestazo en la filial inmobiliaria. Y ella, Laura,
da la casualidad de que es antigua alumna de mi colegio. No me sonaba su cara...
Pero claro, es dos años más joven que yo.
Este sábado hemos
vuelto a coincidir con ellos. Cuando hemos bajado, Laura estaba leyendo un
libro en la tumbona y David estaba hablando con varios vecinos, como si los
conociera de siempre. Con varios de ellos no he cruzado nunca una palabra, más
allá de un educado saludo. Está claro que tiene don de gentes. Trata a todos
con campechanía, incluso a Juan, con sus brazos llenos de tatuajes y los dedos eternamente
manchados con la grasa de los coches que repara en su taller mecánico. Hay
gente que ha nacido con el saco de la confianza a rebosar, predispuesto a
recibir los halagos y sonrisas de cuantos le rodean. David es, sin duda, uno de
ellos.
Minutos después, las
mujeres toman el sol y yo charlo con David, sentados a la sombra de uno de los
pocos árboles que rodean la piscina. Es más alto que yo, pelo rizado peinado
hacia atrás con algo de gomina. Lleva gafas de pasta para corregir su miopía. Le
dan un aspecto de yerno perfecto. Tiene una complexión de deportista, algo que
debe ser genético, pues sólo reconoce practicar el golf y la caza.
Es un tío muy
interesante y con buena conversación. Claramente tiene cualidades para destacar
sobre la gente. Entre baño y baño relata
a grandes rasgos su trayectoria profesional. Estudió en ICADE y luego cursó un
MBA en una universidad americana. Comenzó trabajando en una firma de auditoría.
A los pocos años lo fichó el banco. Hace dos lo nombraron máximo responsable de
Altamarea, la subsidiaria que aglutina sus múltiples activos inmobiliarios,
justo cuando se constituyó. A pesar de su éxito profesional, no presume de
ello. Mantiene una actitud humilde y se muestra interesado de igual forma por
mi carrera, hasta la fecha mucho más modesta. Hablamos largo y tendido sobre la
actualidad económica del país. Parece tener bastante familiaridad con muchos de
sus protagonistas, aunque lo relata con total sencillez, sin ningún atisbo de
arrogancia. Sabe escuchar cuando expreso mis puntos de vista o le detallo mis
antecedentes profesionales.
Siempre he sido muy
reacio a pedir favores de forma directa. Aun así, en el ambiente de confianza
que se ha creado, le digo:
—Oye David, estoy
buscando desde hace meses dar un salto en mi carrera. Llevo tiempo sintiéndome
atascado. Te lo digo por si te enteras de alguna oportunidad donde pienses que
puedo encajar. Con la cantidad de buenos contactos que debes tener…
—Sí, claro, Nacho.
Pásame tu currículum y lo muevo. Por lo que me has contado, seguro que surge
algo en breve.
—¡Genial! A ver si
quedamos un día de estos a jugar al golf. Y le voy a decir a Elena que organice
una cena en casa. Que hablen entre ellas y fijen el día.
—Sí, prefecto. Eso se
les da mejor que a nosotros —responde guiñando un ojo—. Y lo del golf, dalo por
hecho. Luego reservo en mi club para el próximo fin de semana.
Cuando volvemos a
casa horas después, Elena me pone al corriente de su charla con Laura.
—Se la ve super
enamorada de David. ¿Y has visto cómo la trata? Es un caballero de los que ya
no quedan. ¡A ver si aprendes un poco! ¡Y vaya fachón que tiene! Es la
comidilla de las vecinas.
—A ver si voy a tener
que estar celoso. Vamos, que va a ser imposible estar a la altura de don
Perfecto.
—Y el cargo que tiene
en el banco. Por lo que me ha dicho Laura, se ha ganado la confianza del
consejero delegado, lo que le va a llevar todavía más lejos. Si las cosas no se
tuercen, tiene muchas posibilidades de sustituirle cuando este se jubile,
dentro de dos años como mucho. ¡El sueldazo que debe tener!
—Ya. Seguro que algún
defecto tendrá. —Empiezo a sentir una incomodidad creciente ante la lista
inacabable de virtudes.
El martes siguiente
salgo del garaje de casa más tarde de lo habitual, pues voy directamente a una
reunión sin pasar por la oficina. Nada más atravesar la cancela encuentro estacionado
un Audi negro reluciente que bloquea parcialmente la rampa. Cuando voy a hacer
sonar la bocina, un hombre trajeado sale del vehículo. Abre la puerta del
asiento trasero. A los pocos segundos veo que el futuro pasajero es mi vecino
David, que camina con paso firme al lado de la conserjería. Lleva un traje
impecable, zapatos negros relucientes y un ataché bajo el brazo. Va hablando
por teléfono con semblante serio y no se percata de mi presencia dentro del coche.
El chófer le cierra la puerta, entra en el vehículo y este sale disparado. «¡Joder!
Poco presume este David del puesto que tiene. ¡Con chófer y todo! Y yo que no
encuentro el momento de cambiar mi viejo Renault», reflexiono mientras conduzco resignado hacia mi reunión.
El fin de semana
siguiente no vemos a nuestros nuevos vecinos en la piscina. Tampoco he recibido
ninguna llamada confirmando el partido de golf. Tenía ilusión de jugar en el
Club del Hierro Selecto, por una vez en la vida. Elena tampoco ha tenido
noticias de Laura. Hace tiempo que no responde a los mensajes y no se decide a
llamarla.
Siete días más tarde
retomamos nuestra rutina de bajar a la piscina a media mañana. Con la ola de
calor que azota Madrid, hay pocos planes alternativos a darse un baño
refrescante o leer una novela bajo la sombra de un árbol.
Cuando estamos
colocando nuestras toallas sobre el césped, nos llama la atención el corrillo con
varios vecinos que se ha formado en el otro extremo. No parece el tipo de
conversación habitual un sábado de verano al borde de la piscina. Juan, el
mecánico, hace aspavientos tratando de explicar algo a una audiencia que mira
sorprendida. Está claro que algo inusual pasa. Elena y yo nos acercamos carcomidos por la curiosidad.
—No lo puedo creer,
Juan. ¿Pero cómo te has enterado? —le pregunta uno de los vecinos.
—Ha sido mi suegro.
Esta mañana, de camino hacia aquí, venía escuchando la radio en el coche. Lo han
dado en las noticias. Rápidamente ha atado cabos y nos ha llamado muy
preocupado.
—Lo mismo no tiene relación.
Ya verás como todo queda en nada —interviene otra vecina.
—¡Ojalá! Yo estoy acojonado.
Nuria ha salido disparada a la comisaría para intentar aclararlo. Ha quedado en
llamar en cuanto sepa algo. Cruzo los dedos. Como sea lo que pienso, estamos
bien jodidos. —Juan se lleva las manos a una cara descompuesta por la tensión—.
Inés y Pepe también compraron. Los he llamado para ver si están al tanto. No
consigo dar con ellos. Se fueron de vacaciones hace unos días fuera de España y
no deben de tener conexión.
Justo en ese preciso
instante el teléfono de Juan empieza a sonar.
—Sí, Nuria. ¿Te han
dicho algo?
Mientras escucha las
explicaciones de su mujer al otro lado de la línea telefónica, el rictus en la
cara de Juan va tornando de preocupación a desesperación y rabia. Sus ojos
comienzan a humedecerse.
—¡Hijo de puta! ¿Cómo
hemos podido ser tan pardillos? Nos la ha colado con todas las de la ley. Ven a
casa y me cuentas con calma. —Juan cuelga el teléfono, recoge sus cosas y se
dirige hacia su portal como alma en pena.
Mi mujer y yo seguimos
sin entender lo que está ocurriendo, ajenos al origen del drama que impregna nuestra
comunidad esta mañana de julio. Pedro, uno de los integrantes del corrillo que
empieza a desvanecerse, se percata de ello.
—No sabéis lo que ha
pasado, ¿no? —nos pregunta.
—Estamos en ascuas —Elena
se anticipa a mi respuesta.
—Les han estafado. Y
parece que también a Inés y Pepe. Sus ahorros al completo.
—¿Estafado? ¿Quién?
—El chaval pijo de
gafas que se las daba de alto directivo. Les ha liado una buena. Esta mañana se
han enterado por la radio. Es un timador. Parece ser que captaba el dinero de
incautos a los que ofrecía pisos que luego no existían. Sus víctimas eran
personas de su círculo cercano, con pocos conocimientos financieros. Les
convencía valiéndose de su supuesto cargo en un banco. El dinero se ha esfumado.
Tiene un buen historial a cuestas. El juez ha ordenado su ingreso en prisión
preventiva por uno de los múltiples delitos que tiene pendientes y el caso ha
saltado a los medios.
—¿Te refieres a
David, el nuevo vecino? —le pregunto a Pedro sin salir de mi asombro.
—Sí, el mismo.
Nos retiramos los dos
a nuestras toallas sin mediar palabra, intentando asimilar la información.
Ya durante la comida,
Elena es la primera en romper el silencio.
—Estoy todavía conmocionada.
¡No puede ser verdad! ¿Quién se lo iba a imaginar?
—Ya te dije que algún
defecto debía de tener. No podía ser tan perfecto. Y ha resultado ser uno
gordo.
—He escrito a Laura.
Me jura que no sabía nada. A ella también la engañaba. Por sus mensajes, se la
nota destrozada.
—¿Pero cómo no iba a
estar enterada? —pregunto con un tono de incredulidad—. Es su marido, duermen
sobre el mismo colchón… ¡Es muy fuerte!
—Pues yo la creo.
David ha mentido a todo el mundo, incluso a ella. Su vida entera es una gran
farsa. ¿Cómo se puede vivir así, como un impostor?
—Estoy seguro de que
a nosotros no nos propuso comprar esos pisos ficticios porque tenemos cierta formación
y criterio. Vio claro que le íbamos a hacer demasiadas preguntas. El tío elegía
bien a sus víctimas. Ahora caigo en que pudo estar tanteándome en una de las
conversaciones que tuvimos.
Al día siguiente, la
noticia aparece en numerosos periódicos. David no ha trabajado nunca en el
Banco de Santoña. Su medio de vida es la estafa por cuenta propia. Acumula ya
tres causas similares en distintos juzgados. El chófer y el coche de lujo los
pagaba él para convencer al mundo de la veracidad de su estatus y así ganarse
la confianza de sus víctimas. Su futuro se vislumbra entre rejas. Su mujer se
encuentra en paradero desconocido, tras vaciar poco después de la detención todas
las cuentas que tenían en común.
Sólo espero que el
juez no incluya entre las pruebas de la investigación el currículum que le
envié.
Buenísimo!! Eres muy crack
ResponderEliminarMuchas gracias, María! Me alegro de que te haya gustado
EliminarMuy bueno Jorge, para cuando una novela?
ResponderEliminar¡Gracias, Lalo! Estoy buscando una buena idea sobre la que empezar a trabajar una novela. Y no es fácil.
EliminarVaya vaya... tipejo!!! Muy bueno
ResponderEliminarGracias, Nacho! La verdad es que sí. Hay muchos personajes así en la vida real. Toda su vida es una farsa. Y lo sorprendente es que duermen a pierna suelta
EliminarMantienes el ritmo, uno quieres seguir leyendo más y más del pildorazo,enhorabuena!
ResponderEliminarMuchas gracias, Jorge! Me alegro de que te haya gustado
EliminarLas dobles vidas son fascinantes! Mantener la expectativa de un final inesperado es clave en este género y definitivamente presenta un desafío para tus lectores !
ResponderEliminarGracias, Marta! En este caso fue fácil construir el giro. Está basado en un hecho real. Creo que todos hemos tenido alguna historia cercana parecida
EliminarMoraleja, "No es oro todo lo que reluce". Fantástico Jorge !!!
ResponderEliminarGracias, Elena! Está claro que no. Las apariencias engañan. Jajajaja
EliminarJeje me encanta! Dices q es un caso real! Yo de esos conozco varios en el trabajo, sin duda la realidad supera la ficción
ResponderEliminarPues ya sabes. Andate con ojo! Jajaja
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