Un ataúd bajo el océano
¿Quién se podría imaginar que iba a conocer
mi sepulcro antes de morir? Llevamos tres días enterrados bajo el peso del
océano. ¿O son cuatro? Hace mucho que perdí la noción del tiempo. Lo único que
puedo hacer es rezar… pero no soy creyente. Me siento como un hipócrita. Pretendo
creer que mañana estaré en otro mundo, que volveré a ver a mis padres. Perdí mi
fe años atrás. Al menos esta disputa interior me distrae momentáneamente de la
agonía que me invade cada vez que pienso que el final está cerca.
Todo arrancó a principios de año. El
día de mi cumpleaños. Alejandra me hizo un regalo que no me esperaba. No era la
primera vez que me regalaba experiencias que compartíamos juntos. Su espíritu
aventurero supera con creces al mío. Es una de las cosas que siempre me atrajo
de ella. No puso sobre la mesa del restaurante un paquete voluminoso, sino un
sencillo sobre. Dos pasajes para una excursión submarina que tenía como destino
los restos del Titanic, posados a cuatro mil metros sobre el fondo.
Ya no recuerdo las sensaciones que
vinieron a mi mente. La primera fue el terror a los lugares confinados. Siempre
en mis fantasías, puesto que apenas me había enfrentado a ellos. No me habría
embarcado en una aventura de este tipo por propia iniciativa. Su máxima ilusión
era compartir la vivencia conmigo. No la quise decepcionar.
Meses después, el destino se rio de
nosotros poco antes de embarcar. Ella dio positivo en la prueba del Covid y fue
descartada. Se quedó en tierra mientras yo empezaba a bajar a las profundidades
dentro de una nave de acero, junto con otros cinco tripulantes: John, el dueño
de la compañía que organizaba la expedición, un empresario con su hijo, un
periodista y el piloto, Tony, que es también buzo.
El sumergible era más amplio de lo
que se intuía desde el muelle. La apariencia era de tecnología punta. Casi de
película de ciencia ficción. Cada
pasajero tenía su propio portillo para disfrutar al máximo del viaje. Me
sorprendió el minibar de puerta transparente relleno de bebidas y aperitivos,
similar al de los hoteles.
El descenso duró más de tres horas. El
comienzo fue emocionante. Observamos una variedad inmensa de peces a pocos
metros de distancia. Pero poco a poco la fauna acuática desapareció a la par
que la luz exterior, sólo mantenida por los potentes focos del submarino. La
monotonía se hizo dueña del espacio. Una sucesión de reflexiones se agolpó en
mi cabeza. Me preguntaba qué sentido tenía esto. El contrato que firmamos
incluía múltiples exoneraciones a los organizadores. Se detallaban toda clase
de accidentes imaginables, inevitablemente mortales. ¿La explosión de
adrenalina justificaba el riesgo extremo en que estaba incurriendo? Quizá la idea
de sentirnos únicos por un día fuera la mayor motivación para pasar por alto
todas las advertencias.
Hasta que se produjo la sacudida. La
alarma me despertó de mi ensoñación.
Nos quedamos a oscuras durante unos
segundos. Asombrosamente nadie gritó. El pánico que se apoderó de nosotros
había anulado nuestras cuerdas vocales. La fatal posibilidad que siempre vimos
como remota estaba ante nosotros. La sensación fue como la de ir conduciendo
por la carretera disfrutando del paisaje y ser embestidos súbitamente por otro
coche.
Con la vuelta de las luces tuvimos la
confirmación de que estábamos aislados a miles de metros de la superficie. La
claustrofobia amenazaba con dominar mi voluntad.
John y el piloto comenzaron a hablar
en una jerga técnica que fui incapaz de entender: satélites, balizas, equipos
de respaldo, redundancias… La pantalla del puesto de mando se reinicializaba
con una lentitud exasperante.
—¿Qué demonios ocurre? —el periodista
fue el primero en preguntar.
—No pierdan la calma, amigos —el tono
en la respuesta de John era poco tranquilizador.
—¡Quiero salir de aquí! ¡Subamos ya
mismo! —Los nervios del empresario estaban a flor de piel.
—Todo se solucionará en unos minutos.
—No nos cuente milongas. ¿Qué coño
está pasando?
—Tony está ejecutando el programa de
diagnóstico en el ordenador. Lo sabremos pronto.
—Me temo que el sistema central no
está respondiendo —confirmó Tony—. Voy a poner en marcha el de emergencia.
Instantes después oímos unos pitidos
estridentes. Luces rojas inundaban el monitor. La cara de Tony estaba desencajada.
Nos corroboró que nuestra situación era desesperada. La instrumentación no
funcionaba. La iluminación se mantenía gracias a la batería de emergencia que
había arrancado automáticamente. El motor no daba señales de vida.
Hemos pasado por varias fases desde entonces.
Primero, fingimos actuar como un equipo. Y digo fingimos porque los seis nos
mirábamos con desconfianza, pensando quién iba a ser el primero en estallar. En
sucumbir a la angustia que impregna este cubículo opresivo. No podíamos
movernos sin evitar chocar unos con otros. El piloto se erigió como improvisado
líder frente a John, claramente desbordado. Se centraría en restablecer las
comunicaciones con el exterior.
Esa fase se acabó cuando Tony nos informó
del resultado infructuoso de sus esfuerzos. No obtuvimos respuesta alguna sobre
las posibilidades de escapar con vida de la cápsula. No se había contratado ningún
barco de salvamento que pudiera acudir a socorrernos. Sólo nos quedaba esperar
al auxilio de las autoridades. Tampoco estaba claro que los guardacostas dispusieran
en la zona de equipos de rescate capaces de trabajar en esta zona abisal.
En ese momento pasamos a una fase de
tensión máxima. Reproches y acusaciones a John por parte de los tripulantes.
—¡Maldito cabrón! Con la pasta que te
hemos pagado y ahora nos vienes con que nadie va a venir a sacarnos de aquí
—gritó enfurecido el empresario.
—Por favor, debemos mantener la calma
si queremos tener alguna posibilidad. —Los esfuerzos del piloto eran en vano.
Lo peor que podía ocurrir se había
convertido en realidad. Las palabras subieron de tono. Una discusión violenta
dentro de un batiscafo al borde de reventar por la presión del océano. El
ambiente se tornó todavía más asfixiante. El hijo sujetando al padre, fuera de
sí, en su intento de agredir físicamente a John. El resto tratando de guardar
una compostura imposible en medio de un entorno cada vez más agobiante.
Cuando llegó la tregua Tony nos puso
al corriente de los márgenes físicos del recinto. Teníamos agua y comida para
tres días si la racionábamos. ¿Cuándo se agotaría el aire? Eso ya no estaba tan
claro. Ni en la peor de las pesadillas me había preguntado si era mejor morir
de hambre o asfixiado. ¿Qué muerte sería más placentera? O dicho con más
propiedad, ¿de qué forma se sufriría menos? Mi cerebro no era capaz de procesar
la situación sin bloquearse.
Estamos literalmente enterrados en
vida. De una u otra forma somos conscientes de ello. Un silencio pavoroso parece
preceder al horror que está por venir. Ya no tenemos fuerzas para volver a golpear
las paredes metálicas. El hilo de esperanza de que alguien escuche nuestra
llamada de socorro se ha desvanecido.
El periodista se ha desmayado
mientras convulsiona. Es claramente el más débil del grupo. Sus espasmos son
cada vez más brutales. Aparto mi mirada de su cuerpo moribundo. Veo al piloto
clavarle una jeringuilla en el hombro. Parece al fin y al cabo que alguien
previó que se pudiera llegar algún día a esta situación límite.
Pienso en Alejandra. Siento una
terrible pena por ella. No sólo por mi ausencia. Más por el sentimiento de
culpa que le va a perseguir toda la vida. No creo que lo pueda superar.
Un malestar físico intenso y
repentino se superpone al miedo visceral que me paraliza. Nunca había sentido
nada ni remotamente parecido. Un espanto terrible me acompaña cuando me dirijo
hacia el piloto para que termine de una vez con mi agonía.
Genial Jorge! No pares de escribir! Todos los géneros !!!
ResponderEliminarMuchas gracias, Bea!
ResponderEliminarEstás creando un estilo propio. Le va mucho a tu escritura el género negro! Enhorabuena!
ResponderEliminarGracias Julio! Buen halago, viniendo de un gran escritor. Abrazo!
EliminarMe encanta, engancha, y su repentino final
ResponderEliminarMuchas gracias, Jorge!!
EliminarBuenísimo Jorge ! Te superas !
ResponderEliminarMuchas gracias, Elena! Ya me gustaría. Es complicado superarse en cada relato. Me basta con superar los altibajos.
EliminarPor favor!!! una novela!!! da igual el relato todos son buenos!!
ResponderEliminarMuchas gracias! Me alegro que te gusten
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