Los detectives no tienen vacaciones
Alberto Simmonet se despierta nuevamente en un sótano húmedo y lúgubre. El calor es insoportable y la falta de ventilación convierte el aire en irrespirable. Ha perdido la cuenta del tiempo que lleva encerrado. Su cuerpo está entumecido y dolorido al mismo tiempo. No quiere traer a su memoria los golpes y el maltrato continuado al que lo han sometido sus captores desde que lo secuestraron.
Lo peor de todo es que no
tiene claro cómo va a acabar la pesadilla que comenzó poco después de su
llegada a Venezuela. Tras una vida con muchos momentos al límite, jamás hubiera
imaginado que su final le pudiera llegar en soledad, tan lejos de casa y ajeno
a su trabajo como detective privado.
Nunca había estado en
Venezuela. Su amigo de juventud, Juan Carlos, lo convenció para emprender el
viaje. No lo había vuelto a ver desde aquellos años, cuando coincidieron en la
universidad en Madrid. Forjaron una amistad muy sólida. Pero Juan Carlos
regresó a Venezuela al terminar los estudios y no volvió a poner los pies en
España. Contactó por sorpresa con él hace unos meses, a través de las redes
sociales. Le propuso visitarlo para conocer el país de su mano y retomar la
amistad. Alberto necesitaba vacaciones después de meses de casos intensos y
tensiones constantes. Aceptó de inmediato, a pesar de que la inseguridad
generalizada lo hacía un destino poco aconsejable. Pensó que moverse con gente
local le permitiría pasar desapercibido y esquivar cualquier peligro.
Después de dos días
tranquilos en Caracas, Juan Carlos debía pasarse a recogerlo a primera hora por
el hotel, para emprender viaje al Parque Nacional Canaima y el Salto Ángel. Era
un recorrido de muchas horas, pero Alberto estaba muy ilusionado, pues le
permitiría salirse de las rutas habituales, conocer de cerca parte del país y
sus enormes bellezas naturales. No apareció. Lo estuvo esperando en el
vestíbulo marcando el número de su móvil decenas de veces. Sin respuesta. Se
dio cuenta de que no tenía ninguna otra forma de contactar con él. No tenía el
teléfono de ninguno de los familiares y allegados que había ido conociendo.
Por la tarde, gracias a las
dotes que le proporcionaba su oficio, había conseguido averiguar la dirección
de su colega. Cuando se disponía a coger un taxi para desplazarse a su casa, el
teléfono sonó por fin. Era el número de Juan Carlos. Descolgó esperando oír la
voz de su antiguo camarada y una explicación a su ausencia.
—Juan Carlos, ¡por fin!
¿Dónde te has metido?
—¿Hola? ¿Es usted Alberto? —El
detective se dio cuenta de inmediato de que al otro lado de la línea no se encontraba
la voz que deseaba oír.
—¿Con quién hablo? ¿Dónde
está Juan Carlos?
—Me encontré esta mañana este
celular extraviado en un café. Sólo
quería localizar a su dueño y devolvérselo. Veo que le ha estado usted
llamando. Por eso he marcado su número. Dígale que está en buenas manos y que
quedamos cuando quiera. Podría ser en el mismo café donde lo perdió, ahora en
un rato.
—Ya… el problema es que no
sé dónde está Juan Carlos, el dueño del teléfono.
—Pásese usted entonces. Ya se
lo dará cuando lo vea.
Alberto dudó un momento. Su
cerebro trabajaba rápido. Había algo que no le acaba de cuadrar. Al final
concluyó que con el móvil en su poder podría acceder a la agenda de teléfonos y
contactar con algún familiar que le ayudase a descubrir el paradero de su compadre.
—Está bien. Deme la
dirección y voy para allá.
Dos horas después, Alberto maldecía
su falta de cautela. Todo había sido una trampa bien urdida, aunque nada
original. Había caído en ella como un principiante. En cuanto se acercó al
café, dos delincuentes lo metieron en un coche a punta de pistola. Habían
sustraído a primera hora el móvil de Juan Carlos en un descuido. Pensaban
venderlo en el mercado negro, como tantas otras ocasiones. Justo antes de
desconectarlo para evitar cualquier geolocalización, comenzaron a entrar
llamadas insistentes de Alberto España. El valor del dispositivo se
multiplicó de repente. Se había
convertido en la llave para ordeñar a un gallego y dejar sus cuentas a cero.
Sólo debían hacerle morder el anzuelo. Alberto ya estaba en la cesta.
Ahora teme que sus
secuestradores acaben con él y se deshagan de su cuerpo en cualquier vertedero.
Hasta hoy le han obligado a hacer cada mañana transferencias por sumas que
alcanzaban el límite diario. Todo se acabará en el instante en que su banco
detecte los movimientos sospechosos desde el extranjero y congele las cuentas. Entonces
ya no les servirá de nada. Ha visualizado de forma repetida la trampilla de
acceso al cubículo abriéndose y el desenlace inevitable que le sigue.
Casi ha perdido toda
esperanza de volver a ver la luz del día. Únicamente Juan Carlos le estará
echando en falta. En España, todo su círculo pensará que está disfrutando de
sus vacaciones en un lugar idílico y remoto, sin cobertura de móvil. A nadie
sorprenderá la falta de noticias suyas.
Una discusión en el piso de
arriba le saca de su estado de somnolencia. Agudiza el oído todo lo que puede y
se percata de que el momento mil veces temido ha llegado. Sus captores maldicen
en alto que sus cuentas están bloqueadas.
No tardan ni un minuto en
sacarlo a golpes del sótano y depositarlo en el maletero de un coche, para
emprender lo que podría ser su último viaje. Bastante diferente al que había
imaginado días antes en compañía de su amigo.
Alberto comienza a añorar el
agujero que ha habitado durante los últimos días. La oscuridad es la misma. Sin
embargo, el espacio es mucho menor y su cuerpo se golpea de forma repetida al
ritmo del traqueteo continuo de la marcha. Intuye que circulan por un camino sin
asfaltar alejado de las rutas principales. La angustia comienza a apoderarse de él. Su
fin está cerca. Detalles fugaces de su vida aparecen en su mente. Siente que
esta ha sido, en cierta forma, inútil. Le invade una sensación de
arrepentimiento.
El coche detiene su marcha
de forma repentina. El detective se estampa contra la cubierta del asiento
trasero. Cree que tiene una costilla rota. Escucha voces en el exterior y las
puertas del automóvil abriéndose. Poco después el sonido familiar de disparos
de pistolas semiautomáticas llega muy cerca de sus oídos. Empieza a albergar
alguna esperanza. Nada puede ser peor que el destino fatal que le esperaba minutos
atrás.
El portón del maletero se
abre. Los rayos del sol deslumbran sus ojos. Tiene que taparse con las manos
hasta que su vista se acostumbra a la luz intensa de la que ya casi se había
olvidado.
—Alberto, ¿estás bien?
Identifica la voz de Juan
Carlos. No consigue distinguir su cara hasta que se atenúa el contraluz. Cuando
esto ocurre, reconoce a varias personas uniformadas detrás. Sale del coche con
dificultad, ayudado por brazos desconocidos. Alberto se abraza a su antiguo
compañero de universidad.
—Afortunadamente, estos
cabrones volvieron a encender esta mañana mi móvil. Debió ser un descuido. O quizá
su codicia les traicionó. Podrían estar buscando otros números en mi agenda
para repetir el crimen. Ya nunca lo sabremos —Juan Carlos explica brevemente cómo
el azar se había puesto una vez más del lado del investigador privado.
—Lo que no entiendo es por
qué no apareciste por el hotel para informarme de que te habían sustraído el
móvil.
—Alberto, en este país
cuando te pasa una cosa así tienes que denunciarlo de forma inmediata. Esto no
es España. Las comisarías tampoco se parecen mucho a las vuestras. Estuve más
de seis horas hasta que me atendieron. Cuando llegue al hotel, ya no estabas.
Temí lo peor.
—Ahora espero poder
recuperar mi dinero. —Alberto parece repuesto de los sucesos extremos que han
marcado sus últimos días.
—Por eso no te preocupes. La
policía localizó esta mañana el escondrijo donde te retuvieron al sur de
Caracas. Apostaría a que allí encontraremos tu dinero en efectivo. Estas bandas
acostumbran a retirar los importes robados a diario. Están obsesionados con
tocar los billetes. Eso sí… seguramente el tipo de cambio te haya hecho perder
unos cientos de dólares. Ya sabes, nuestra inflación tampoco es la de España.
Tres días después, Alberto
envía la primera foto en tierras venezolanas a su grupo de contactos en España.
La imagen muestra al detective sonriendo de pie en lo alto de un risco. A su
espalda, una descomunal corriente de agua se despeña por un precipicio de casi
mil metros de altura. Los mensajes de respuesta se amontonan en su teléfono. Ninguno
de los emisores puede remotamente imaginar que la vida de su amigo acaba de
estar al borde de un abismo de similares dimensiones.
👏👏👏👌
ResponderEliminarGracias, Raquel!
EliminarFantástico. Me encanta cómo escribes!!
ResponderEliminarMuchas gracias, María!
EliminarCuando empiezo a leer uno de tus relatos (no leo todos, lo confieso...) no puedo parar.. son muy adictivos... sera eso malo?? jajaja
ResponderEliminarMientras no cobre por su lectura, no. Jajaja. Me alegro de que te gusten, David
EliminarBravo Jorge... como siempre tension hasta el final!!
ResponderEliminarMuchas gracias, Antonio! Me alegro de haber conseguido mantenerte en tensión
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