Carretera en el desierto

Entro en el oasis de luz de la recepción del hostal. Dejo tras de mí el temporal, que arrecia en el exterior. Un hombre calvo de mediana edad se encuentra detrás del mostrador.

—Buenas noches —me saluda el recepcionista. Me recuerda a un cantante de rock de los años setenta, cuyo nombre no consigo recordar.

—Buenas noches. ¡Vaya nochecita! Pensaba que no lo contaba. ¡Casi pierdo la bicicleta por el camino! A punto ha estado de descolgarse del soporte.

—Sí. Hoy está soplando de lo lindo. Últimamente estas tormentas de arena repentinas ocurren con mayor frecuencia a última hora del día. Pero no se preocupe. Mañana seguro que amanece con un sol espléndido.

—Ojalá. ¿Tienen habitaciones libres? No tengo reserva. De hecho, me dirigía a otro hotel, pero en estas condiciones era mejor no seguir conduciendo

—Sí, claro. ¿Cuántas noches se quedará con nosotros?

—Dos. He venido para hacer rutas por el desierto con mi bici. ¿Tienen un espacio donde pueda guardarla?   

—Por supuesto. Tenemos un cuarto habilitado. Viene mucha gente para recorrer los Monegros desde aquí. —Extiende la mano y me señala una pila de mapas que me son familiares. Son los circuitos de cicloturismo recomendados. A su lado hay un cuenco con caramelos de violeta. Cojo uno y me lo meto en la boca. Hace siglos que no probaba estos dulces. Su sabor destapa de inmediato un tarro de nostalgia.

—Por cierto, ¿cómo se llama el hotel? Con el vendaval de polvo no he podido distinguir el cartel.

—Hotel Kalifornia —No sé si será el entorno recóndito en que me encuentro o la tempestad que golpea en el exterior, pero su respuesta me resulta inquietante.  

Una hora después, tras ingerir una tabla de embutidos, estoy tumbado en la cama repasando el recorrido de mañana. El viaje ha sido largo y los párpados me pesan cada vez más.     

 

Me despierto en plena noche. Oigo música y voces en la lejanía. Miro mi reloj. Las tres y media. Estoy totalmente desvelado. Decido bajar a indagar de dónde proviene el jolgorio. Para mi sorpresa, el bar del hotel alberga un evento muy concurrido. Una treintena de personas bailan, toman copas y conversan con entusiasmo. El ambiente es el de un club nocturno. La luz tenue se interrumpe por el destello de los focos sincronizados con la música.  Me invade la agitación. Me acerco a preguntar a una pareja que charla pegada a la barra. Su aspecto es poco convencional. No encajan en un hostal rodeado de arena. Los dos destilan glamur.

—Perdonad, ¿qué es esta fiesta?

—Estamos celebrando el final de la gira de Las águilas negras. Hoy han dado su último concierto en Zaragoza.

—¿Las águilas negras? —No logro recordar ningún grupo con ese nombre.

—¿No los conoces? —me interpela ella con incredulidad—. Han arrasado este año en todos los festivales.

—Joder. Pues no me suenan. Me temo que ya no estoy en la onda.

—¡Desde luego! Pero pasa y tómate una copa. Aquí todo el mundo es bienvenido —me anima él poniéndome la mano en el hombro—. No pedimos el carné de fan.

—Uffff. Os lo agradezco, pero es muy tarde para mí. Mañana me levanto pronto para aprovechar el día. Me espera una buena paliza encima de la bici. ¡Pasadlo bien! ­—me despido, alejándome hacia la escalera.

 

A las ocho bajo a desayunar. A pesar de la interrupción nocturna, tengo la sensación de haber tenido suficiente sueño profundo. Estoy recuperado para afrontar la jornada de deporte.

El recepcionista se encarga también de atender la cafetería a la hora de los desayunos.

—Buenos días. ¿Ha descansado usted bien?

—Sí, como un niño… a pesar del festejo que había montado anoche.

—¿Una fiesta? ¿Aquí en el hostal? —Un gesto de desconcierto se dibuja en su rostro.

—Sí. Era una celebración por un grupo de música. Estaba super animada.

—¡Imposible! Aquí la última fiesta que tuvimos fue hace veinte años, cuando se inauguró el hotel. —el tono de su voz refleja cierta desconfianza hacia mi persona… o hacia mi salud mental. Se separa de mi mesa para ordenar la pila de tazas junto a la máquina de café.

Miro a mi alrededor. No hay ni rastro de la juerga nocturna. Sólo hay otra mesa ocupada. Es una pareja que en nada se parece a los jóvenes sofisticados con los que conversé anoche. «A ver si es verdad que todo fue un sueño… o que he sufrido un episodio de sonambulismo». Nunca me había pasado nada parecido.

Pruebo a buscar el nombre del grupo con mi móvil. Las águilas negras. Hay un par de referencias a una banda de los años setenta. Logró una notoriedad efímera con una versión de la canción de Eagles, Hotel California. Ni rastro de giras, conciertos o festivales en el momento presente. Decido olvidarme del asunto e ir a por la bicicleta. Me aguarda una ruta entre cañones y tozales.

 

Cuando regreso al alojamiento que me da cobijo estos días, ya casi ha anochecido. No hay nadie en la recepción. Después de acomodar mi montura, toco el timbre. Mientras espero, caigo de nuevo en la tentación de los caramelos de violeta contenidos en la vasija.

Veo el libro de registro abierto ante mí. Esta noche solo hay dos habitaciones ocupadas. Me imagino que la otra será la de la pareja anodina con la que coincidí en el desayuno. Lo mismo en la hoja de ayer. Ni rastro de los invitados al evento nocturno. Al cabo de unos segundos aparece el portero, me pregunta educadamente por mi periplo ciclista y me da la llave.

 

Abro los ojos en medio de la noche y ¡la habitación está iluminada como si se hubiera hecho de día! El reloj marca las dos y veinte. ¿De dónde sale tanta luz? No bajé la persiana al acostarme. Quería despertarme con el amanecer. Da la impresión de haberse adelantado.

Me levanto y me asomo por la ventana. Mi vista se tiene que acostumbrar a tanta claridad. Descubro con estupor una piscina alumbrada por potentes focos. En uno de sus lados distingo una barra de bar. Una mujer joven habla entre risas con un camarero, mientras bebe una copa de champán rosado. Juraría mil veces que el escenario desde mi ventana era un secarral que llegaba hasta las colinas cercanas. Bajo la persiana y me vuelvo a meter en la cama sin comprender nada.

 

Nuevamente me despierto pronto, pletórico de energía tras un sueño reparador. Me viene a la mente la imagen de la piscina. Salto de la cama, miro por la ventana y… ¡un terreno yermo bajo los primeros rayos de sol se extiende hasta el límite de mi visión! Otra vez la noche me ha jugado una mala pasada.

No coincido con nadie en el desayuno. El recepcionista me confirma que soy el único huésped. No me molesto en preguntarle por la piscina. Ya tuve bastante con su mirada suspicaz de ayer.

Abandono la habitación y dejo la mochila en el coche. Pago mi factura. Aprovecho que el portero atiende a la impresora para coger un puñado de violetas. ¿Quién sabe cuándo las volveré a probar? A media tarde, al finalizar la pedalada, tengo planeado volver a casa.  Quiero aprovechar esta última jornada a tope.

Hoy mi itinerario me lleva por una zona de trincheras y búnkeres, vestigios de la guerra civil. Una vez completada la visita, reemprendo el camino, que asciende por una senda sinuosa hasta un otero. La panorámica es impresionante. Un océano de tonalidades ocres rodea esta atalaya. El paisaje monocolor sólo se ve interrumpido por una edificación solitaria. Es una mansión circundada por un jardín frondoso. Un auténtico oasis en medio de este desierto. Una pared del color de la arena delimita su perímetro. En un costado del vergel hay una piscina. ¡Es la piscina del sueño de anoche! ¡También hay una barra de bar en uno de los extremos! Aguzo la vista para distinguir los detalles. El recinto está concurrido. Da la impresión de que se celebra una fiesta. El viento me trae el sonido de música y bullicio distantes.

Desciendo campo a través hasta alcanzar la carretera asfaltada que lleva a la hacienda. Mi pulso comienza a acelerarse con el ritmo creciente de mis pedaladas. A medida que voy acercándome, comienzo a percibir la canción que suena al otro lado de la tapia. Escucho con toda nitidez Hotel California, con sus guitarras inconfundibles. La curiosidad me atrapa inexorablemente.

Una puerta de madera me impide el paso. Golpeo tres veces con el aldabón, esperando que alguien oiga mi llamada, ahogada por el alboroto detrás del muro. Instantes después aparece un hombre con uniforme de portero. Su gesto denota la sorpresa lógica por la presencia inesperada de un ciclista ante la entrada.      

—¿Qué desea? —me pregunta con recelo.

Miro por encima de su hombro el fiestón que tiene lugar en el jardín. Música, baile y risas entremezclados. El solo de las dos guitarras de Eagles suena como un eco de mi memoria.  Es en ese momento cuando reconozco a la pareja glamurosa de la primera noche. Es como si no hubieran parado de hablar y bailar desde que me despedí de ellos dos días atrás.

—¿Podría entrar? Me gustaría saludar a unos viejos conocidos. ¡Mire! ¡Aquella pareja!

—Esto es un evento privado. Si no tiene invitación, no puedo dejarle pasar. Además, su atuendo…

—Sí, le entiendo. Sólo quiero pasar un momento. No me quedaré…

¡Pum! La puerta se cierra ante mis narices justo en el momento en que acaba la canción. Silencio.

El viento comienza a levantar el polvo del terreno. Las nubes ocultan el sol. Una tormenta parece cernirse sobre el valle. Emprendo la vuelta al hotel esperando que el temporal me conceda una tregua.

Vuelvo siguiendo las indicaciones del navegador del teléfono. La visibilidad es escasa a causa de la polvareda producida por el vendaval. A cien metros de mi destino me detengo. Veo mi coche aparcado… ¡en medio de la nada! ¡Ni rastro del hostal! Miro a mi alrededor sin dar crédito. No hay ningún edificio hasta el confín del horizonte.

Busco en internet Hotel Kalifornia. ¡Ninguna referencia de establecimientos en España con ese nombre!

Coloco la bici en el soporte y arranco el coche. Sigo la pista en sentido inverso a toda velocidad. Una hora después, alcanzo el cruce con la carretera. Antes de incorporarme al asfalto, bajo la ventanilla y arrojo al exterior el puñado de violetas que todavía conservo en mi bolsillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Por algo nos decían de niños que no tomáramos caramelos de extraños... Jajajaja

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  2. Jajajaja muy bueno Jorge! Los caramelos de violetas son mis preferidos!

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  3. Muy bueno, manteniendo el ritmo hasta el final!, ¡bien llevado el paralelismo con la canción de los Eagles!!

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  4. Que recuerdo a los Eagels y su famosa canción!! Relato super como siempre.... sigue asi Jorge!!

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