Cruce de caminos
Vadim ocupa el asiento del copiloto en el todoterreno. El vehículo rueda a toda velocidad por una pista del desierto del Sahara. Después de tantos años se ha acostumbrado al sol implacable y a la arena que penetra por todas partes. El frío y la nieve de Moscú apenas ocupan espacio en su memoria.
Al volante se encuentra Oumar, comandante de la unidad y su
hombre de confianza. Se dirigen a una aldea situada en el cruce de dos rutas
que se han vuelto clave tras el estallido del conflicto. Su misión consiste en
minar la zona para impedir, o al menos retrasar, los posibles avances de las tropas
gubernamentales. Los acompaña un convoy de camionetas cargadas con milicianos
en sus plataformas descubiertas.
Vadim es socio de la empresa de mercenarios que fundó junto a
dos colegas rusos hace casi diez años. Sus funciones son variadas. Instructor
de las milicias locales, mando en operaciones especiales, aprovisionamiento y
logística de armas, e incluso las finanzas de la compañía. Aunque estas hayan
sido siempre boyantes, alguien tiene que ocuparse de que el dinero acabe en los
bolsillos adecuados. Ha matado u ordenado matar en incontables ocasiones. Es un
profesional de la muerte. De la máxima solvencia. Ya no recuerda otro medio de
vida.
Antes del mediodía se han hecho con el control de la aldea
sin ninguna resistencia. Vadim se encuentra revisando el mapa para posicionar
los explosivos cuando Oumar le interrumpe. Viene acompañado de una mujer
occidental cubierta con una kufiya.
—Amir, esta mujer quiere hablar con usted. Es una
médico europea. Hay un hospital de campaña en el límite de la aldea —le explica
el lugarteniente en francés africano.
—¡Mierda! ¿No podemos tener un día sin contratiempos? —resopla
Vadim antes de levantar la vista de los planos.
—No creo que lo que hagamos mi equipo y yo sea un
contratiempo para nadie. Estamos aquí ayudando a esta pobre gente, pero no a
que se maten entre ellos —la doctora habla en inglés, con vehemencia y acento
español a partes iguales. Porta un chaleco con un distintivo de Médicos Sin
Fronteras.
El timbre de voz le resulta familiar al ruso. Escenas de un
pasado remoto vienen a su mente.
—¿Elena? —pregunta Vadim con un tono dubitativo, afectado por
la incredulidad. Cuando la española se retira la parte del pañuelo que le cubre
la cara, sus dudas se disipan.
Ella todavía tarda algunos instantes en reconocer a la
persona que tiene delante. Lo hace cuando este se desprende de las gafas de sol,
dejando su mirada al descubierto, inalterada después de dos décadas.
Media hora más tarde los dos toman té bajo las lonas del improvisado
centro médico. Un muro de adobe les protege de la arena que arrastra el viento
en el exterior.
—Ya apuntabas maneras en Moscú —la española se expresa sin
tapujos. No le da miedo el hombre que tiene enfrente. Es como si se hubieran
visto ayer por última vez y no en 1990.
—¿Por qué dices eso?
—Eras un estudiante de veinte años y tratabas a tus
compañeros como si fueran tus esbirros. Ofrecías sobornos continuamente para
conseguir tus propósitos. Al camarero para saltarnos la cola del restaurante o
al policía para que no nos llevase a declarar por cambiar dólares en el mercado
negro.
—Todo estaba cambiando. El sistema se venía abajo. Había que
tomar posiciones —contesta Vadim con la mirada absorta, como evocando los días
en que se conocieron.
Por la memoria de Elena también desfilan destellos de las dos
semanas que pasó en Moscú con un programa de intercambio de estudiantes de la
universidad. Era la ciudad más lúgubre que había conocido. Escasez y decadencia
por todas partes. La degradación moral lo impregnaba todo, tras décadas bajo un
régimen atroz, entonces en fase de descomposición.
—Recuerdo que siempre repetías que toda persona tenía un
precio. Que para triunfar sólo debías mirarla a los ojos y adivinar cuál era. ¿Te
has mirado alguna vez a ti mismo? Te has vendido por muy poco. ¿Cómo puedes
vivir así?
—¡Tú no entiendes nada! No viviste allí en aquella época. ¿Con
qué referentes contábamos los jóvenes cuando nuestro mundo se venía abajo? Empezábamos
a ver por televisión lo mucho que vosotros poseíais y a nosotros se nos había
negado. Sólo tomamos lo que nos pertenecía, antes de que algún otro lo hiciera.
—Claro. Y la única opción era dedicarse a la muerte al por
mayor. Te conocí estudiando una carrera y no era precisamente la de asesino.
—Sólo me he ido adaptando. Algunos de mis compañeros fueron
más hábiles y entraron en el saqueo. Apostaron por los caballos ganadores y ganaron.
Ahora viven en Londres con chófer y mayordomo. Yo me quedé fuera.
—Dime una cosa. ¿Eres feliz así?
—Ja, ja, ja —la risa es totalmente forzada—. ¡Venga ya! Ahora
me dirás que tú sí.
—A mí tampoco me gustaba el mundo en el que vivía. Pero decidí
hacer algo por cambiarlo. No creas que soy una ilusa. Sé que todo seguirá igual
a pesar de mi lucha, pero intentarlo me hace feliz. Puedo mirar a esta pobre
gente y ver agradecimiento en sus ojos. Tú sólo puedes ver pavor.
Vadim apura su bebida sin llegar a responder.
Pasadas dos horas, Elena y sus dos compañeros viajan en una
de las camionetas, acompañados por varios milicianos. Tienen órdenes de Vadim
de trasladarlos sanos y salvos a una zona segura de la región, a cubierto de la
guerra en marcha.
Dos meses después Elena da órdenes frenéticamente a
enfermeros y camilleros. Está en uno de los dos hospitales que todavía funcionan
en la capital. Están desbordados. No paran de entrar soldados heridos. Muchos
de ellos mutilados. También algunos civiles. La noche anterior, dos de las
facciones en conflicto entraron en combate a pocos kilómetros de la ciudad.
Al pasar por una de las salas, ve a un adolescente armado al
lado de uno de los heridos, postrado en un catre plegable.
—¡Vamos! ¡Sal inmediatamente! Esta zona está reservada para
heridos y sanitarios —le exige la médico con los brazos extendidos, mientras se
acerca a él.
—Tengo órdenes de proteger a este hombre —responde el
miliciano.
Cuando se dispone a llamar a dos auxiliares para que
desalojen al intruso, identifica en el cuerpo moribundo la cara de Vadim. Su
estado es lamentable. Hay un charco de sangre al pie de la cama de campaña. Un enfermero
le toma el pulso con semblante grave.
Elena le pone la mano en la frente. Un sudor frío empapa la
cabeza del ruso. Vadim la reconoce al instante. El hilo de voz del herido es
apenas perceptible. La doctora se inclina para escuchar sus palabras.
—¡Elena! Tenías razón… sobre el precio… Vendí mi alma… a
cambio de nada.
Muy bien Jorge! Bien escrito y buena moraleja.
ResponderEliminarGracias, Julio! Más que moraleja, he intentado encontrar una modesta explicación a cosas que pasan en nuestro mundo. Si es algo creíble, objetivo cumplido
ResponderEliminarNo solo vendió su alma! Vendió todo su ser! La vida no tiene precio... Me encanto la historia! Nos deja pensando que nos volvemos ciegos a lo que pasa en el mundo...
ResponderEliminarMuchas gracias, Roxana! Me alegro de que te haya gustado
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