Retratos revelados
La exposición está llena de gente. Se hace difícil observar con tranquilidad muchas de las fotografías. Resulta imposible acercarse a leer las tarjetas explicativas sin valerse de los codos. Nunca había imaginado que un fotógrafo pudiera llegar a ser tan popular.
Alfonso Salvatierra es un
artista consagrado. Su producción abarca varias épocas repartidas a lo largo de
décadas. Esta retrospectiva incluye lo mejor de cada una de ellas. Como
aficionado reciente, he venido para aprender e inspirarme de cara a mi propia
creación.
Tras casi una hora, llego
a una de las últimas salas igualmente concurrida. Desde la distancia descubro
que todas las obras son retratos en blanco y negro de mujeres. Aguardo
pacientemente el turno para contemplar el primero. El visitante que se
encuentra delante avanza y me deja, por fin, la vista despejada. No puedo creer
lo que veo. ¡La mujer de la foto es mi madre! Es una toma en blanco y negro de
ella en media penumbra. Debía de tener unos veinte años cuando fue tomada. Al
mirar su cara me vienen a la mente imágenes de álbumes familiares con instantáneas
de su juventud. Es la protagonista de todas las fotos de esta estancia. La
explicación en el panel no ofrece ninguna pista sobre la identidad de la modelo.
Sólo menciona que se trata de una serie de retratos femeninos en un tono
intimista. Por las fechas y su aspecto, concluyo que se hicieron cuando estaba
soltera, mucho antes de que yo naciera.
Al día siguiente he
quedado a comer con mi padre en el restaurante de debajo de su casa.
Últimamente no nos vemos muy a menudo, por lo que se sorprendió por la
insistencia en quedar lo antes posible. No le he adelantado mi descubrimiento. Me
lo encuentro ya sentado, leyendo un libro. Sobre la mesa, sólo una copa de vino
medio vacía. Entro en materia a las primeras de cambio.
—No tenía idea del pasado
de mamá como musa de artistas.
—Veo que has estado en la
exposición de Salvatierra. Me enteré después de quince años casados. Y de la
existencia de los retratos, hace apenas unos meses.
—No entiendo nada.
—El fotógrafo tuvo la
deferencia de llamarme cuando se estaba organizando la exposición. Las fotografías
de tu madre eran inéditas y, como ella ya no podía decir nada, quería
informarme de que se iban a exponer.
—¿Pero qué vínculo
tuvieron?
—Salvatierra fue el amor
de su vida, no yo —mi padre me responde sin tapujos.
—¿Cómo? ¿Y vuestra
relación? ¿Y la familia que un día fuimos? —Me invade una sensación de deriva,
de pérdida de un ancla vital. Al mismo tiempo, un extraño sentimiento de
traición comienza a nublar los recuerdos felices que guardo de ella.
—Quise locamente a tu
madre. Fui inmensamente feliz al compartir la vida con ella. Era una mujer maravillosa
en todos los aspectos. Era preciosa. Esas fotos no le hacen justicia del todo. —Sus
ojos ausentes se vuelven vidriosos—. Cuando empezamos me sentía el hombre más
afortunado del mundo. No podía creer que una mujer así pudiera amar a un tipo
como yo.
Hace una pausa, apura la
copa de vino y prosigue con un tono melancólico.
—Nunca se entregó del
todo. En el fondo, seguía enamorada de Alfonso. No supe de ese noviazgo previo
hasta el estallido de una de las múltiples crisis que tuvimos. Al cabo de unos
meses nos separamos definitivamente.
Me vienen a la mente las
discusiones a gritos que escuchaba tantas noches siendo niño desde la soledad
de mi habitación. Revivo el temor y la incomprensión que marcaron mi infancia y
adolescencia.
—¿Por qué se casó contigo
y no con él?
—Él era entonces un muerto
de hambre. Vivían con muchas penurias. Su carrera no despegó hasta pasados los
años. Por eso decidió abandonarlo. Poco tiempo después me conoció a mí. Yo
pertenecía a un círculo muy distinto. Pero no pude darle nunca lo que ella había
tenido. Nuestra relación estuvo siempre oscurecida por la sombra de un tercero
ausente. Creo que nunca dejó de amarlo.
Varias lágrimas se
deslizan por sus mejillas. Me considero culpable por haber descubierto una
herida oculta. Siento a la vez la necesidad de arrojar luz sobre la historia al
completo.
—No entiendo por qué no
volvió con Alfonso tras la separación. Pasó el resto de su vida sola.
—Eso tendrás que preguntárselo
a él —me responde mirándome a los ojos. Ha recuperado parte de su aplomo.
Semanas más tarde consigo
una cita con Alfonso Salvatierra. Necesito acabar de conocer a la mujer que me
dio la vida primero y, en cierto modo, me la condicionó después. Sólo le he
adelantado que soy el hijo de Silvia. Nos reunimos en su estudio. La apariencia
física del artista nada tiene que ver con la de mi padre. Aunque deben de tener
una edad similar, la persona que tengo delante parece mucho más joven. La introducción
es breve. En un instante comenzamos a hablar de mi madre.
—Tienes muchos de sus
gestos. Me he dado cuenta cuando has entrado.
—¿Cómo puedes recordarlos?
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuarenta años? —No estoy dispuesto a aceptar de
entrada la familiaridad con la que se dirige a mí.
—Podría vivir mil vidas y
no olvidaría a una persona como tu madre. Nunca sentiré por otra mujer lo que
sentí por ella. No ha pasado un solo día sin que recuerde el brillo de sus
ojos.
Su mirada está teñida de
nostalgia. Sonríe. Su semblante refleja que esa imagen largamente añorada ha
vuelto a hacerse presente.
—¿Por qué os separasteis
entonces?
—En aquella época yo no era
capaz de darle lo que necesitaba en lo material. Mis fotografías no despertaban
ningún interés. Malvivíamos en un cuchitril. Pasábamos muchas calamidades. Sus
amigas empezaban a casarse con ingenieros y notarios. Llegamos a un punto en el
que no nos podíamos permitir salir a cenar con ellos, y mucho menos viajar o ir
de vacaciones. Por mi culpa se estaba alejando de su mundo. Dejó de creer en
mí. Se veía atada a un fotógrafo de bodas de por vida y tomó su decisión. Siempre
he pensado que se equivocó.
—Hasta hace unas semanas suponía
que nada sobre mi madre me era desconocido. Ahora me doy cuenta de que ignoraba
por completo esa etapa que marcó su vida. Y que ha marcado también la mía.
—¿Por qué dices eso? —me
interpela sorprendido Alfonso.
—Mis recuerdos no son precisamente
los de un hogar feliz. Ella vivía ahogada en una insatisfacción continua, que
se filtraba entre nuestras cuatro paredes. Lo único que tenía claro era que mi
padre no era la causa. Lo veía entregado a ella en todo momento. Ahora comienzo
a entender.
—Vaya, lo siento. No era
consciente de que no logró iluminar a vuestra familia —su voz es sincera—. Para
mí fue el faro de mi vida… hasta que todo terminó.
—Me imagino que debió de ser
duro para ti —a medida que avanza la conversación mis recelos iniciales van
desapareciendo.
—Sí, lo pasé mal. Había
dado por sentado que una historia tan especial como la nuestra aguantaría los
infortunios económicos que nos asfixiaban. Fue un golpe duro que no vi venir. Al
principio me sentí traicionado. Pero paradójicamente, al cabo de un tiempo,
ante su ausencia, terminé idealizándola. No encontraba a ninguna otra chica
como ella. Siempre las comparaba. Silvia era la medida de todas las cosas. De
esa forma era imposible que fructificara ninguna nueva relación. Acabé
volcándome en mi otra pasión… y al menos eso me salió bien.
—Mi padre no me supo
explicar por qué no volvió contigo después de separarse.
—No volví a verla hasta
hace dos años. Ya estaba enferma. Se presentó por aquí un día sin previo aviso.
Charlamos largo y tendido, ella sentada donde estás tú ahora. Fue en ese
momento cuando supe de la separación. Le hice esa misma pregunta.
—¿Y qué razón te dio? —no
puedo esconder la impaciencia que destilan mis palabras.
—Por aquella época ya era
un fotógrafo reconocido. Acababa de publicar un libro con series de fotos de distintas
mujeres. Tenían el mismo formato que sus
retratos, que nunca llegué a publicar. Cuando cayó en sus manos, según me dijo entonces,
creyó que ella sólo había sido una aventura más para mí. Que había tenido
similares relaciones con todas las modelos del libro. Suena irónico, pero en
cierta forma se sintió celosa.
—¡Qué caprichoso es el
destino! La fotografía volvió a interponerse en vuestro camino. Si el libro
hubiera aparecido tiempo después, quizá habríais tenido una segunda
oportunidad.
Alfonso fija la vista en
el suelo. Guarda silencio unos instantes antes de contestar, como si estuviera
buscando en la penumbra frases nunca dichas.
—Le he dado muchas
vueltas. Me temo que ese reencuentro habría sido un fracaso. Nos habíamos idealizados
el uno al otro en exceso y ninguno de los dos era ya la misma persona que
cuando compartimos nuestros sueños, casi veinte años antes. La vida nos había
cambiado. He llegado a la conclusión de que fue mejor así.
Han pasado dos semanas y
me encuentro de nuevo en el centro de exposiciones. Es lunes a primera hora y apenas
hay una docena de curiosos. Quiero volver a contemplar los retratos de mi madre,
sin aglomeraciones. Necesito volver a mirarla una vez más, ahora que he corrido
el velo que escondía una parte de su vida. Una sensación confusa me embarga. Como
si fuera a entablar un diálogo inédito, ahora que la conozco mejor.
Voy directamente a su
sala. Sólo hay otro visitante, inmóvil ante una de las fotografías. Me acerco a
él y lo abrazo, compartiendo su llanto.
Muy bien escrito Jorge! Me ha gustado mucho. A por la siguiente !!👏👏
ResponderEliminar¡Muchas gracias, Bea! Me alegro. En ello estoy... buscando inspiración
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarBuenísimo!!
ResponderEliminarMe alegro que te haya gustado, María. Muchas gracias!
EliminarPues he tardado en leerlo ... acabo de hacerlo! Muy bueno!! Una vez más, tus historias no te dejan indiferente al leerlas! Enhorabuena
ResponderEliminarMuchas gracias, Capitán! Más vale tarde que nunca. Jajaja
Eliminar