Un cuento de Navidad

Nunca pensé que iba a odiar las navidades. Yo que siempre he llamado señores Scrooge a todos aquellos a los que no les gusta esta época del año. Yo que siempre he intentado mantener la ilusión que tenía de niño cuando llegaban estas fechas. Pero este año desgraciadamente es diferente y por mucho que lo intento, me temo que me he convertido en uno de ellos.

Me separé hace unos meses y me encuentro solo. Y estos no son precisamente días para pasarlos sin compañía, rodeado únicamente de recuerdos, que dudas volver a revivir en el futuro. 

Las redes sociales, paradójicamente, me hacen sentir todavía más aislado. Millones de mensajes estereotipados reenviados de forma masiva. Apenas dos o tres mensajes directos de amigos a los que hace siglos que no veo, ya que nos separa una distancia de miles de kilómetros. El resto, chats infinitos protagonizados por personas que creía cercanas. Cuanto más volumen de datos intercambiado a través del ciberespacio, siento que hay menos alma contenida en esos bytes. Es ahora cuando me doy cuenta y comienzo también a odiarlas.

Decido desconectarme. Apago los datos y cualquier otro tipo de conexión del móvil. Después de una nochebuena y navidad con mis hermanos, cuñadas y sobrinos, me toca pasar la nochevieja sólo. No espero ningún mensaje relevante. Si hubiera algo realmente importante, siempre me podrían localizar con una llamada de teléfono y así quizá sentiría algo del calor contenido en unas palabras habladas, cada vez más insólitas.

El único consuelo para esta noche es poder sentarme delante de unos platos sabrosos, regados con un buen vino. Me estoy introduciendo, a la fuerza, en el mundo de la cocina. Todavía me encuentro en el nivel básico para salvar el día corriente, muy alejado del que se requiere para poder darme el homenaje que necesito en esta última noche del año.

Salgo después de comer hacia un establecimiento especializado en platos preparados que me han recomendado. La ciudad es un hervidero. Se hace difícil transitar por sus calles sin invadir continuamente el espacio físico de los que te rodean. Coger el coche es directamente un suicidio. Recuerdo que esta última del año solía ser una tarde tranquila. La gente en casa, bien preparando la cena, o bien reservándose para celebrar con fuerzas la noche más larga. No parece ser el caso en estos tiempos. He escuchado esta mañana en la radio que ya hubo en la medianoche de ayer campanadas y muchedumbre tomando las uvas en la plaza. Que incluso se ha repetido el mismo acto hace apenas unas horas, a plena luz del día. Dicen que se requiere probar el correcto funcionamiento del reloj que dará las campanadas definitivas dentro de un rato. Es un argumento poco creíble en estos días en los que se aproxima el reino de la inteligencia artificial.

La única forma posible de estar de vuelta en casa a la hora de la cena es el metro, donde en estas fechas van a tener que contratar a los empujadores japoneses con sus pulcros guantes blancos.

Después de veinte minutos esperando en la cola, consigo recoger el pedido. Durante la espera, me han entrado ganas de volverme a conectar. He aguantado la tentación. No quiero convertirme en uno más de los que mañana necesitarán un masaje cervical, después de horas con el cuello inclinado en una postura que les permite seguir conectados a un mundo que se ha vuelto ficticio. Prefiero distraerme observando a los transeúntes e imaginar las historias que hay detrás de muchos de ellos, tratando de encontrar inspiración para un buen relato. 

Ya con el tiempo bastante justo vuelvo a la boca de metro que engulle cada minuto a cientos de individuos tan acelerados como yo.  Una melodía de violín interpretada por un músico callejero me ayuda a relajarme un poco.  Paso la tarjeta de transporte por el torno. Un ruido estridente que se superpone a la música y el destello de una luz roja me salen al paso. La barra no cede ni un milímetro, a pesar de la fuerza que he imprimido con la cintura. Creo que mañana tendré un buen moratón. La vuelvo a pasar y presto atención al mensaje que aparece en la pequeña pantalla. La tarjeta se ha quedado sin viajes. Tengo que recargarla en uno de los dos expendedores de la estación, después de salir a empujones de la aglomeración de gente que se ha formado detrás de mí para pasar el torno. Mi impaciencia se acrecienta por momentos. Hay más de diez personas esperando su turno en cada uno de los expendedores. Van a tener que cambiar la denominación de nochevieja por “noche de colas”.

Después de minutos de espera por fin llega mi momento. Introduzco la tarjeta de crédito para efectuar la recarga y la máquina me devuelve otro sonido estridente. Los ojos atónitos leen un mensaje que dice “tarjeta rechazada por falta de saldo”. Debe de ser claramente un error, según mis rápidas cuentas mentales. Lo intento de nuevo, con idéntico resultado. Noto detrás de mí la impaciencia creciente de los integrantes de una fila en estos momentos más larga que cuando yo pasé a formar parte de ella.

Muy a mi pesar, voy a tener que romper la tregua que había firmado con el ciberespacio para poder conectarme al banco y encontrar una explicación. Activo los datos en el teléfono. En apenas unos segundos y antes de obtener el acceso a la página de la entidad, cientos de mensajes, procedentes de todo tipo de aplicaciones, saturan la pantalla del móvil. ¡Sólo llevo cuatro horas aislado! Rápidamente confirmo que algunos de esos mensajes son de mi propio banco. Después de leerlos encuentro la explicación a la inutilidad temporal de la tarjeta de crédito. Se han producido varios cargos sospechosos y la tarjeta ha sido inhabilitada temporalmente como medida de precaución.

Miro el reloj y son ya las nueve y media. Me vuelvo a poner en la fila de uno de los expendedores, para pagar con el billete de cincuenta euros que llevo siempre en la funda del móvil para solventar situaciones de emergencia como esta. Esta vez sí que sucumbo y leo gran parte de los mensajes durante los minutos que transcurren hasta que llega mi turno. Nada interesante, importante o relevante. Salvo los mensajes del banco, nadie me ha echado de menos.

Introduzco el billete por la rendija y la máquina lo escupe con un desprecio tal, que no consigo alcanzarlo antes de que caiga al suelo. Me reincorporo tras recuperar el trozo de papel que ha pasado a ser la única esperanza para regresar a casa. Leo en la pantalla que el expendedor sólo acepta billetes de veinte euros. Se ha quedado sin cambio. Indica también un número de teléfono al que llamar para solucionar cualquier incidencia. Sospecho que me atenderá un cerebro tan inhumano como el del aparato que tengo enfrente de mí.

Desisto.

Son ya casi las diez y empiezo a ponerme realmente nervioso. Empiezo a pensar que la primera nochevieja solo puede ser aún peor de lo que imaginaba. Corro el riesgo de no estar a tiempo en casa para tomarme las uvas. Pienso apresuradamente en la forma de escapar del vestíbulo de esta estación de metro en la que llevo encallado como un náufrago más de tres cuartos de hora. Me percato de que el violín que me ha acompañado desde que llegué ya no desprende sonido alguno y dirijo la mirada hacia su dueño. En ese momento lo está metiendo con delicadeza en su funda. Es un hombre de edad similar a la mía, con un aspecto que no corresponde a alguien cercano a la indigencia. Me acerco a él para pedirle cambio y salir de una vez por todas del atolladero en que me encuentro desde hace ya demasiado tiempo.

—Perdona, ¿no tendrás cambio? Las máquinas no aceptan billetes tan grandes y no tengo otra forma de recargar la tarjeta —le pregunto mostrándole el billete.

—Me temo que no, amigo. Este negocio no es tan boyante. No recaudo esa cantidad ni en tres jornadas sin parar de tocar —me responde sonriendo con un acento hispanoamericano, cuyo origen no logro identificar.

—¿No tienes una cantidad que se aproxime? Te doy el billete a cambio, aunque pierda algo de dinero.

—No llego ni a los veinte euros. La gente apenas lleva dinero suelto estos días y todavía me resisto a pedir que me agradezcan mi interpretación con un “bizum”. Pero no te preocupes, yo te pago el billete. Para eso todavía me alcanza. —Extiende la mano y me muestra una moneda de dos euros.

Al ver el reloj que rodea su muñeca confirmo la primera impresión que tuve hace unos instantes.

Entramos juntos en el vagón minutos después, él con su violín al hombro y yo con las bolsas de comida en la mano, y empezamos a charlar. Necesito satisfacer la curiosidad y desentrañar la incongruencia que rodea el aspecto de mi benefactor.

Antes de completar las dos primeras paradas ya conozco gran parte de su historia. Mi nuevo compañero es de Panamá y vive en los Estados Unidos desde hace más de una década. Concretamente en Alburquerque, donde es miembro de la Filarmónica de Nuevo Méjico. Se quedó viudo hace tres años y a partir de entonces, para escapar de sus recuerdos por unos días, ha decidido pasar cada última noche del año en una ciudad distinta tocando su violín en la calle. Su conversación es la de una persona muy interesante y con mucho mundo a sus espaldas.

Los dos bajamos en la misma estación de enlace, pero para tomar líneas diferentes. Justo cuando voy a hacer el ademán de despedirme, una idea a priori descabellada me pasa súbitamente por la cabeza.

—Perdona que sea tan directo. ¿Qué plan tienes para despedir el año?

—Pues en realidad, ninguno. Ni siquiera había comprado uvas. Creo que es el primer país que visito que tiene esta costumbre. Pensaba acostarme relativamente pronto y buscar un sitio bonito mañana para seguir tocando el violín… Desde luego no en el metro otra vez —responde guiñando un ojo.

—Te propongo ir a mi casa y compartir esto que he comprado esta tarde. La verdad es que tiene muy buena pinta y seguro que hay suficiente para los dos —le digo llevando la mirada hacia las bolsas—. Tengo también un buen vino. Yo iba a pasar la primera nochevieja en soledad… De lo poco que te conozco, pareces un tío interesante. Intuyo que eres mejor opción que la que tenía hasta hace un rato.

Nada más acabar la frase temo haber dejado demasiado al descubierto mi aversión a la soledad, con el resultado de espantar al potencial huésped.

—Sí, claro. Está nítido. No aparentas tener el perfil de un asesino en serie. —Nuevamente sonríe al aceptar mi oferta.

—Eso sí, me temo que vamos a tener que grabar las campanadas. Ya no nos da tiempo a cenar antes de que acabe el año. O mejor… ¡nos tomaremos las uvas con las campanadas en Canarias!

—Lo dejo en tus manos —me responde un tanto desconcertado.

Varias horas después, ya bien entrado el nuevo año, nos encontramos los dos riendo a carcajadas después de escuchar su última historia. Cuando nos despedimos, ya con los primeros rayos de sol atravesando las cortinas, vuelvo a encender el teléfono para guardar el número de mi amigo reciente. Una cascada de mensajes vacíos inunda de nuevo la pantalla. No parece haber propósito de enmienda con el nuevo año para los repartidores digitales de gatillo fácil.

Comentarios

  1. Todo se andará... Jajaja. ¡Ojalá! Tengo que encontrar algo importante que contar. Todavía estoy en fase de búsqueda

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