Patas cortas (primera parte)
Era un viaje importante. Acudían
a una reunión de seguimiento con el cliente en sus oficinas de Barcelona. Loreto
y Elena eran las máximas responsables por parte de las dos compañías del
consorcio. Era el mayor proyecto que les habían adjudicado en varios años. Cada
una de ellas se encargaba de dirigir una línea de trabajo. A pesar de la
diferencia de edad, la coordinación era perfecta. Sus carreras iban a dar un
salto cuando finalizara la puesta en servicio.
Habían cogido el tren de las
siete de la mañana y se sentaban en asientos contiguos. El madrugón le estaba
pasando factura a Loreto. Después de poner en común la presentación conjunta al
cliente en el ordenador portátil de Elena, aquella se había abandonado al sueño.
Llevaba más de media hora cabeceando sin encontrar una postura fija. Elena
seguía trabajando, revisando las diapositivas e introduciendo los últimos
cambios. Era muy perfeccionista.
El teléfono de Loreto comenzó a
vibrar repetidamente. El zumbido no era suficiente para despertarla de su
letargo. A los diez segundos entró una nueva llamada. Ante la insistencia,
Elena pensó que lo mejor sería despertar a su compañera. Cuando se disponía a
hacerlo, vio con estupefacción que la fotografía de quien llamaba, mostrada
nítidamente en la pantalla, reflejaba el rostro de su novio, Juan. Un «AAAJuan»
parecía querer hablar con Loreto con cierta urgencia.
El desconcierto se apoderó de Elena
por unos instantes. Intentaba comprender por qué su pareja de los últimos diez
meses, a quien había visto ayer tarde por última vez, llamaba reiteradamente a
su colega de trabajo. La triple A lo hacía todavía más incomprensible.
En esas cavilaciones estaba
cuando Loreto despertó de su cabezada.
—Vaya. Me he quedado
traspuesta. No he dormido mucho esta noche.
—Te acaba de sonar el teléfono.
No te he querido despertar —Elena trataba de evitar que su tono delatase su
estado de agitación.
Loreto revisó al momento su
móvil.
—Mi marido. Menos mal. Creía
que era otro marrón de trabajo —explicó aliviada al mismo tiempo que tecleaba con
sus pulgares sobre la pequeña pantalla para establecer la conexión, sin
molestarse en buscar un espacio más íntimo.
El corazón de Elena dio un
vuelco cuando alguien contestó al otro lado de la línea. No podía entender lo
que decía, pero, pese a la atenuación, reconoció la voz perfectamente.
—Sí, cariño… No, en el tren. Ya
te dije que hoy tenía que ir a Barcelona… ¿Qué tal por Londres?... ¿En serio? ¡Qué
suerte!... Esta semana te estoy echando de menos un montón. Tengo muchas ganas
de verte, Juan… ¿A qué hora llegas el viernes?... Te voy a buscar, ¿vale?... Un
beso. Te quiero.
Una sonrisa iluminaba la cara
de Loreto cuando colgó. Como si ya estuviera anticipando el reencuentro con su
marido en pocos días.
Si bien se esforzaba por
mantener la compostura, el semblante de Elena se hallaba envuelto en sombras.
Un minuto después, más serena,
comenzó a buscar respuestas. Sabía que no le iban a gustar.
—¿Está fuera tu marido?
—Sí. Se pasa viajando la mayor
parte del tiempo. Es el director del área internacional en una empresa
constructora. Están abriendo oficinas en varios países europeos. No para.
Elena comenzaba a atar cabos. Continuó
preguntando, esforzándose en utilizar un tono neutro que no dejara al
descubierto su ansiedad.
—¿Y cómo lo llevas? Debe de ser
duro pasar tiempo sin verlo.
—La verdad es que sí. Lleva en
este régimen menos de un año. Es algo transitorio. No se pudo negar cuando se
lo ofrecieron. Ha supuesto un empujón a su carrera. Aunque te reconozco que se me
hace cuesta arriba en muchos momentos. Y no te cuento si se tiene que quedar el
fin de semana…
Un aguijón se clavó en el
centro del corazón de Elena. Loreto proseguía hablando, ensimismada como una
colegiala enamorada.
—Creerás que es una tontería,
pero a veces pienso que esta situación refuerza nuestra relación. Cuando nos
reencontramos lo hacemos con mucha más pasión. El tiempo que compartimos lo disfrutamos
a tope.
—Y no tienes miedo a… bueno, con la distancia…
a que te pueda ser infiel.
—No, para nada. Confío en él
plenamente. Hemos hablado de este tema abiertamente. No le veo capaz. Está
super enamorado.
Una semana después, Elena había
tomado su decisión. Los últimos días habían sido un auténtico infierno. Había
descubierto que Juan, con quien creía tener una bonita historia de amor, la
había engañado. Era un impostor y había estado jugando con ella. Superados los
primeros momentos de lágrimas y despecho, comenzó a pensar con frialdad en sus
próximos movimientos.
El móvil de Juan vibró durante
dos segundos. Un mensaje de Elena apareció en la pantalla: «Tengo muchas ganas
de verte. Cenamos mañana?».
«Yo también. Sí, claro. Me
apetece un montón», tecleó Juan al instante, añadiendo un corazón.
«Genial. Me encargo de reservar.
Te confirmo sitio, ok?» Elena se despidió con el emoticono de unos labios rojos.
—¿Cómo? ¿Una cena mañana con el
señor López? —preguntó sorprendida Loreto a través del móvil.
—Sí. Quiere quedar con nosotras
para repasar la última fase del proyecto, aprovechando que ha venido unos días
a Madrid. En el restaurante Casa Alba —respondió Elena, siguiendo un guion
repasado mil veces. —La reserva de la mesa está a mi nombre.
—¿No habría sido mejor vernos en
nuestras oficinas? No me pega mucho de López, con lo serio que es.
—Sí, eso le sugerí yo. Pero se
ha empeñado —Elena intentaba sonar convincente a pesar de los nervios—. Creo
que nos quiere felicitar por nuestra dedicación. Esta cena es como una celebración
anticipada del final del trabajo que hemos hecho durante los últimos meses.
Sabe que nos hemos dejado los cuernos y nos lo querrá agradecer.
—En eso tiene razón. No recuerdo un proyecto tan agotador. Me llevaré el portátil, por si acaso. Quedamos allí directamente.
Loreto quiso aprovechar el
trayecto al restaurante en el taxi para hablar con su marido.
—Hola cariño. ¿Qué tal tu día?
—Aburrido. Esta semana estamos
teniendo un tiempo de perros por aquí. Con ganas de volver el viernes y pasar
el fin de semana contigo. ¿Tú qué tal?
—Un poco cansada. Voy de camino
a una cena de trabajo. Con el cliente del proyecto que te he comentado y una
compañera. Espero que no se alargue mucho.
La conversación continuó
mientras pagaba el taxi y entraba en el establecimiento.
—Buenas noches, bienvenida a Casa
Alba. ¿Tenía reserva? —preguntó el metre detrás del mostrador.
—Sí, la mesa está a nombre de
Elena Aguirre. Para tres personas —respondió Loreto, al tiempo que mantenía la
llamada con Juan—.
—A ver… Sí, la cuatro. Ya hay
un caballero sentado. —El responsable de sala hizo una seña a uno de los
camareros.
—Te voy a tener que colgar,
Juan, que ya he llegado.
El nombre del local y de su
amante pronunciados por su mujer al otro extremo de la línea hicieron sonar todas
las alarmas en la cabeza de Juan. Colgó apresuradamente, mientras su mente
buscaba a toda velocidad una escapatoria a la emboscada en la que había caído.
Segundos después, Juan se
encontraba en el servicio de caballeros. Había dejado atrás una servilleta
arrugada sobre el plato y una copa de vino blanco medio vacía.
El desenlace, la semana que viene
Venga ya!!! Menos mal que hasta que no ha estado la segunda parte enviada no lo había leido... jajaja. Vamos a por ella
ResponderEliminar