Ha merecido la pena

Esta noche todo son abrazos. Abrazos y euforia desatada. Teníamos esperanzas de alcanzar un buen resultado. Convertirnos en decisivos. Hacer oír nuestra voz de una vez por todas. Pero ¿ganar? Apuesto a que ninguno de los que inundan el salón de este hotel lo hubiera soñado. No tan pronto.

La adrenalina acumulada durante las semanas de campaña parece desbordarse por momentos. Siento que estoy cruzando la meta tras haber corrido diez maratones seguidos. No encuentro en mi memoria nada parecido.

Mi teléfono va a estallar. Tengo tal cantidad de mensajes que necesitaré dos legislaturas para leerlos. Todos presentan un patrón reiterativo. ¡Qué rápido pasan de la enhorabuena al qué hay de lo mío! Gente que ni siquiera conozco. Íntimos amigos de un conocido de un amigo. Tendremos que crear un ministerio para que los atienda a todos. Con varias secretarías para colocarlos después. Como si no tuviéramos ya problemas con los que llevan desde el día no tan lejano en que arrancamos.  

Busco a Alfredo con la mirada. Tenemos que pensar en el discurso. No debe tardar en comparecer ante los medios. Lo diviso con dificultad entre una muchedumbre de caras conocidas y otras que no he visto en mi vida. Aunque se le ve pletórico, una sonrisa nerviosa le tensa los labios y le congela el rostro.

Comienzo a recopilar ideas para su intervención. Eso siempre se me ha dado bien. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo se ha obrado el milagro?

Conocí a Alfredo hace diez años. Me dijo que acababa de fundar un partido. Nunca me había interesado la política. Mi carrera de periodista no acababa de despegar. Dirigía un canal de internet especializado en historia. El número de suscriptores estaba estancado. Había comenzado a explorar nuevos caminos por pura subsistencia. No le costó mucho convencerme. A los pocos meses me convertí en el segundo de a bordo.

Confieso que tardé tiempo en creer que podíamos llegar lejos. Alfredo no era un líder natural. En realidad, era una persona gris. Ninguna cualidad lo hacía destacar. Mediocre en su etapa de estudiante. No subió gran cosa en el escalafón de la popularidad entre su círculo universitario. Al contrario. En aquella primera época, conocidos en común me lo describieron como un pringado. A veces pienso que detrás de sus ansias de poder sólo se escondía un ánimo de revancha. El deseo de gritarles algún día a todos los que le habían despreciado «Aquí estoy yo. ¿Dónde te has quedado tú?». Ese día ha llegado.

En esos inicios, Alfredo me provocaba cierto rechazo. No aceptaba la crítica. Se sentía en posesión de la razón absoluta. Nadie se atrevía a levantar una voz discordante. Se había rodeado de un círculo de palmeros. Poco a poco, sin darme cuenta, me convertí en uno de ellos. Cuando quise reaccionar, ya era tarde. Había vislumbrado la recompensa. La distancia hasta la cima era menor que el camino recorrido. No era el momento de saltar de un tren que se encaminaba a la estación del poder.

El Poder. Nuestro único fin. Un fin por el que he hipotecado mi alma.

He dado la vuelta al octavo mandamiento y lo he convertido en el primero. Les hice creer que el sol resplandecía en medio de una noche cerrada. He atemorizado a muchos inventando falsos fantasmas. He conseguido partir por la mitad las mesas en cien banquetes. Hermanos y amigos han tomado caminos enfrentados. Era inevitable.

Sacamos partido de las desgracias colectivas. Siempre encontrábamos culpables. Anhelábamos la siguiente catástrofe antes de que se hubieran secado las lágrimas de la presente. No había otra opción.

Paso a paso construí el carisma de Alfredo ante los medios. No fue difícil. Bastó con un puñado de consignas. Sólo teníamos que repetirlas hasta gastarlas.

El sistema es débil. Medrar sobre sus defectos ha sido fácil. Hemos ocupado sus grietas para ahondarlas hasta acabar resquebrajándolo. Esta noche todo ha saltado por los aires. Es el momento de repartirnos los pedazos.

Todas estas imágenes recorren mi mente. Pero ninguna me proporciona argumentos para un discurso. No me queda otro remedio que acudir de nuevo a la biblioteca de las frases huecas. Recitadas desde el púlpito al que hemos ascendido, sonarán solemnes.

Por un instante me gustaría escribir lo que pienso. ¿Acaso no nos lo podemos permitir ahora que estamos arriba? Decirles a los que nos votaron hace unas horas que nos han acercado a Dios. Que ya no somos como ellos. Nunca volveremos a serlo. Ya no tendremos que cumplir las reglas de los mortales. La ley no detendrá nuestra acción necesaria.

Nuestros votantes no nos pedirán cuentas. Son jugadores del equipo vencedor. Mientras sigamos ganando, tendrán argumentos para restregárselos a los de las otras escuadras.

Refreno mi exaltación y vuelvo a los lugares comunes. Los enumero con premura en una tarjeta y se la entrego a Alfredo.

—Está cojonudo, Jaime —me dice tras una lectura fugaz—. A las once nos conectan.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer?

—Nos vamos a correr una buena juerga esta noche. Luis ha reservado…

—No, coño. Me refiero a partir de mañana. ¿Cuáles van a ser las primeras medidas? Algunos periodistas me están atosigando…

—No tengo ni puta idea. —Alza las cejas y me da una palmada en la espalda—. Ya iremos viendo. Lo que se necesite para mantenernos en el poder. ¿No es eso para lo que hemos luchado? —La sonrisa permanece inalterable.

 

Una chica joven me ajusta el micrófono. Confirma con los técnicos que el sonido llega limpio. Doy un sorbo al vaso de agua que me han puesto sobre una mesa baja y arranca la entrevista.

Una serie de preguntas estereotipadas ocupan los primeros cinco minutos. Contesto como un robot.

—¿Cómo explica que la mayoría de los índices de bienestar material de los ciudadanos hayan descendido desde que ustedes llegaron al poder?

Esta no estaba prevista. Me habían asegurado que era un periodista afín.

—Bueno… Eso no es exactamente así. Hay índices que dicen lo contrario…

—¿Nos podría decir cuáles?

Comienzo a transpirar. El calor que desprenden los focos se vuelve más intenso.

—Como usted podrá comprender… yo no soy el experto en economía… no los tengo ahora en mi cabeza. En cualquier caso, se necesita tiempo para que los cambios que hemos puesto en marcha puedan dar sus frutos. Partíamos de décadas de malos gobiernos y no es sencillo doblegar a los poderes establecidos.

—¿Nos podría detallar cuáles son esos poderes?

¿Pero de dónde ha salido este tocapelotas? Tengo que hacer una llamada en cuanto terminemos. Alguien la ha cagado.

—Eh… Sí, claro… Los conoce todo el mundo. Los tentáculos extendidos por los que han ostentado el poder durante tanto tiempo están por todas partes: empresas, medios de comunicación, judicatura…

—¿Está usted insinuando una confabulación contra el gobierno?

—Eh… Bueno… Todos sabemos que la economía no depende sólo de la acción del gobierno. Los empresarios son los que tienen que invertir y arriesgar. Son ellos los que crean empleo y deciden las subidas de los sueldos. Además, están los factores externos. Estamos en un mundo globalizado…

Sin darme cuenta, vuelvo a recurrir a los lugares comunes. Comienzo a dudar de su efecto. Ni yo mismo me creo unos argumentos tan manidos. Me cuesta hacer visible una convicción que no abrazo.

Llevamos media hora y el acoso no cesa. Temo que el sudor traspase mi americana y delate la tortura que estoy sufriendo. Me paso la servilleta por la frente. Mi interlocutor parece vivir en una estación más fresca.

 

Apenas he cruzado el umbral de la puerta del estudio cuando vibra el teléfono. Es Alfredo.

—Joder, Jaime. ¡La has cagado! —el tono es cercano a un grito.

—Esto ha sido una encerrona. Tienes que hablar con Ramiro para que se cepillen al niñato este.

—¡Estás fuera! Ya no te puedo sostener. Últimamente te has relajado. Os dije el otro día en el comité que teníamos que estar alerta. El grupo Mercurio nos ha declarado la guerra. Me están pidiendo cabezas.

—Yo no tengo la culpa de eso. Fue el gilipollas de Antúnez que se empeñó en sacar adelante su decreto de mierda. Ya os dije que nos traería problemas.   

—No volvamos a lo mismo otra vez. El tema es bastante más complejo. Pásate mañana a primera hora por mi despacho. Voy a pensar en una salida.

—¡No me jodas, Alfredo! Si estás donde estás es gracias a mí. Llevo años dejándome los… ¿Alfredo? ¿Estás ahí?

Un tono intermitente confirma que soy el único ocupante de la línea.

 

Tengo los dedos agarrotados. Miro el reloj. Llevo casi dos horas firmando libros.

Mi editor me confirma que el acto está siendo un éxito. Me vienen a la mente los días lejanos de periodista en ejercicio. ¿Quién me lo iba a decir? Parece que he cerrado el círculo. Cronista, asesor de comunicación, político y embajador, para terminar mi carrera como la empecé: escribiendo. En este caso, un libro de memorias. Ha merecido la pena. En la editorial tenían dudas, pero ahora estoy seguro de que acerté con el título.

Comentarios

  1. Buen cambio de tercio! como siempre, finales insospechados. En este caso, como la vida misma ... estos politicuchos! Pero jaime se vengará en sus memorias!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Nacho! Me temo que Jaime es uno más en ese mundo de mediocres, ambiciosos e inmorales

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Una combinación fatídica

El último golpe

El cuaderno de dibujo