Patas cortas (segunda parte... y final)

Loreto se sorprendió al ver que el señor López no se encontraba en la mesa. Tampoco había rastro de Elena.

—Perdone. El señor que estaba sentado antes de que yo llegara, ¿sabe dónde ha ido?

—No. Estaba aquí hace un momento. Me acaba de pedir la carta de vinos —contestó el camarero, dejándola sobre el mantel—. Habrá ido al servicio. ¿Quiere usted algo de beber?

—Póngame también una copa de vino blanco, por favor.  

Juan no podía salir por la puerta principal sin cruzarse con la persona que lo creía a cientos de kilómetros de distancia. Una vez recobrada cierta compostura, volvió al pasillo. Un letrero de «Salida de emergencia» al final de este le permitió respirar aliviado y reducir el número de pulsaciones, disparado desde hacía minutos.

La impaciencia comenzó a apoderarse de Loreto. Llevaba unos minutos sentada sola y sin noticias del resto de comensales. Sacó el teléfono del bolso y marcó el número de Elena.

El buzón de voz saltó tras un corto intervalo. Repitió la llamada, con igual resultado. Su inquietud iba en aumento. Decidió entonces enviar un mensaje a su compañera: «Dónde estás? Llevo 15 minutos esperando. Tampoco está López». Cinco minutos después continuaba como no leído.

—Disculpe —llamó al camarero levantando la mano—. Estoy un poco preocupada. ¿Podría comprobar si el caballero se encuentra en los servicios?

—Deme un momento, por favor. Voy a mirar.

Regresó un minuto después. Su cara era la respuesta anticipada.

—El servicio está vacío. Allí, desde luego, no está.

Loreto volvió a coger el teléfono, desplegó la agenda y pulsó sobre «Miguel Ángel López FERCOVAL». Esta vez sí. Una voz sorprendida contestó al cabo de unos instantes.

—¿Loreto? ¡Qué sorpresa escucharte a estas horas!

—Pero… ¿no teníamos hoy una cena de trabajo? —interpeló perpleja.

—¿Cómo? ¿Una cena? Yo estoy en mi casa… en Barcelona. —La confusión parecía una enfermedad contagiosa, propagada a través de la línea telefónica—. ¿Va todo bien?

—Elena me dijo que… Déjalo, creo que ha habido un malentendido. —La prudencia profesional de Loreto se impuso. —Perdona que te haya molestado tan tarde. ¿Te parece que te llame mañana y repasamos los puntos pendientes que comentamos el último día?

—Sí, claro. Llámame… Mejor a última hora de la mañana, que la tengo más despejada. 

Loreto volvió a mirar la lista de mensajes en su móvil. Los últimos a Elena estaban sin abrir. Volvió a marcar su número. Otra vez sin respuesta. Decidió optar por un nuevo envío. «Elena, ya me explicarás de qué va todo esto. He hablado con López. No entiendo nada. Nos estamos jugando mucho con este cliente. Llámame por favor».

 

El teléfono de Elena mantenía una actividad frenética esa noche. Contrastaba con la actitud pasiva de su propietaria. No respondía a ninguno de los mensajes. No apartaba la vista de la pantalla. Se limitaba a leerlos según se desplegaban, sin revelar de esa forma que estaba recibiendo su contenido.

Los de Loreto le confirmaron el fracaso de su plan de venganza. Juan no se había llevado su castigo. Su mujer seguía ignorando que estaba casada con un canalla.

El mismo canalla que intentaba comunicarse con Elena desesperadamente. Tres llamadas no contestadas y diez mensajes de texto. El más sonrojante parecía sacado de un manual. «No es lo que crees. Te lo puedo explicar».

 

La mañana siguiente, Elena entró en el despacho de Loreto. A primera hora le había escrito anticipando que se lo explicaría todo en persona en su oficina. Las ojeras delataban una noche en vela.

—¿Qué está pasando, Elena? —disparó Loreto antes de que pudiera cerrar la puerta.

—Perdona, te debo una…

Su teléfono comenzó a sonar antes de que terminara la frase. Era Juan. Atendió de forma automática con el altavoz puesto.

—¡Elena! ¡Por fin, cariño! No es lo que piensas… Te lo iba a contar… ¿Por qué no quedamos a comer y hablamos con calma? —el amante doble sonó atropellado.

Una bofetada de realidad sacudió a Loreto. En una fracción de segundo su cerebro transitó de la incredulidad a la rabia, asimilando de golpe una verdad dolorosa.

—¿Juan? ¿Qué coño está pasando?

—¿Loreto? —El estupor de Juan llenó la sala.

Silencio.

—No lo puedo creer. Pensaba que me querías. Eres un hijo de puta. ¿Cómo…

Unos tonos repetidos indicaron el final de la conexión antes de que pudiera completar la pregunta.

Nuevamente silencio. Esta vez más prolongado. Loreto continuaba digiriendo lo ocurrido en las últimas horas. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Nada volvería a ser igual.

—Lo siento. —Elena la miró con ojos también vidriosos. —Me dijo que estaba divorciado desde hacía años. Nos ha engañado a las dos.

Nada más abandonar Elena el despacho, Loreto respiró hondo. Consiguió recobrar cierta calma. Entró en la aplicación de su banco y traspasó el saldo de las cuentas comunes a la suya particular. Seguidamente, llamó a un amigo abogado y concertó una cita para el día siguiente.

 

Juan pidió otras dos copas al camarero. Estaba sentado en la barra de un bar de moda, hablando con una chica joven que acababa de conocer. El exceso de alcohol comenzaba a trabarle la lengua, aunque todavía se encontraba en la fase de euforia.

—¿A qué te dedicas…? Ana, ¿no?

—Eva.

—Sí, es verdad. Perdona.

—Soy abogada en un despacho.

—Vaya… parece que estoy rodeado. —Dio un trago largo a su copa, como queriendo espantar una imagen incómoda.

—¿Qué?

—Nada, cosas mías.

—¿Y tú?

—Soy director en una multinacional. Acabo de volver de Londres. He vivido allí una temporada. De directivo expatriado.

—Me encanta Londres. ¿En qué zona vivías?

—Eh… en… en Canary Wharf… el puerto pijo… al lado de la Torre de Londres. Ya sabes. Donde los de la ginebra. —Juan esbozó una sonrisa forzada.

—Ese es el muelle de Santa Catalina.

—¿Cómo?

—Canary Wharf está en el quinto coño. Tú no has estado en Londres en tu vida. Mi madre me ha dicho que me aleje de los tíos falsos. A ti se te ve a la legua. —La joven cogió su copa y se alejó sin despedirse.

Juan apuró el combinado e hizo una señal al camarero para que le trajera la cuenta. Entornó los ojos, pero no consiguió descifrar el importe.

—¿Me puedes decir lo que debo? No veo un carajo.

—Son ciento diez euros.

—Coooño. Con estos precios ya podríais incluir clientas más simpáticas.

Pasó su tarjeta por el terminal y se levantó del taburete para salir. Un pitido agudo se abrió paso entre la música de fondo.

—Perdone caballero. Tarjeta denegada.

 

Comentarios

  1. Enhorabuena Jorge! Muy buen diálogo, mantiene la intriga, con buen tono. Y el final, le va perfecto al personaje 👏👏

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    1. Muchas gracias, Julio, por la crítica. Viniendo de un experto se aprecia todavía más

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    1. Muchas gracias, María. Me alegro de que que te haya gustado

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  3. Nooooo... ! Que cabroncete Juan. Muy bueno!

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  4. Jajajajaja, me ha encantado Jorge! Manteniendo ahí las ganas de saber cómo terminaba la cosa!! Bss

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    1. Gracias, Paula! De eso se trata. Me alegro de que te haya gustado

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