El palacio bajo las estrellas
Ramiro Pérez encontró un sobre lacrado sobre la mesa de nogal barnizada de esquinas redondeadas, que le servía de escritorio. No era fácil detectar la presencia del paquete, pues estaba sepultado entre decenas de cartapacios y dosieres. El remitente no se había molestado en identificarse. Una cinta de vídeo VHS salió a la luz después de que las tijeras la liberaran de su cautiverio entre burbujas de plástico. Preguntó a su secretaria por la procedencia del envío anónimo. No le supo dar razón.
Ramiro no había visto un casete similar desde sus primeros años de plumilla en el diario El Imparcial. Un destello con la imagen de un televisor de tubo de rayos catódicos con ranura inferior vino a su mente. El obsoleto artilugio se encontraba en el archivo, en los sótanos de la sede del periódico. Formaba parte de los cientos de artículos almacenados a la espera de ser exhibidos en el futuro Museo de la Prensa en Libertad, cuya inauguración llevaba lustros postergada. El virus de la curiosidad, que contrajo en su infancia y nunca lo había abandonado, le condujo escaleras abajo hacia la improvisada sala de proyección.
La grabación
era tan arcaica como el soporte sobre el que se había conservado durante decenios.
Aun así, las imágenes proyectadas no dejaban lugar a dudas. Los planos de un
joven Ramiro a cuatro patas, con su cuerpo desnudo bañado por rayos de luz
rojiza, no podían ser contemplados por los ojos del mundo. Sería su ruina.
No le costó
mucho reconocer el espacio a pesar de la penumbra carmesí. Era uno de los
aposentos de la antigua casa de lenocinio de Aníbal Poncio, padre del
presidente. Si quería evitar la muerte en vida, debía ceder al chantaje.
De vuelta en su
despacho, extrajo tres carpetas de la caja fuerte y las arrojó al brasero que
ocupaba el centro de la estancia. Escasas horas antes, el informe sobre las
corruptelas en la edición y venta de los libros escolares, junto con todas sus
pruebas documentales, iba a descabezar definitivamente al régimen. Vació una
jarra de agua sobre las hojas carbonizadas. Un humo espeso y acre se elevó
hasta el techo. En cuestión de minutos el lodazal institucional se había secado.
El presidente había ganado de nuevo. Sus rivales, y muchos de sus
correligionarios, empezaban a creer que su poder sería vitalicio. Los más
pesimistas apostaban a que sería eterno.
Como cada noche
desde el lejano día en que tomó posesión, el presidente se dirigió a su observatorio.
El mirador estaba situado en una de las amplias terrazas del palacio, a
espaldas del resplandor que abovedaba el cielo de la capital. A medida que se
desplazaba por el laberinto de interminables pasillos y vastos salones, iba
encendiendo y apagando las luces. En el fondo, en contra de las leyendas que
circulaban sobre él, era una persona austera.
Adquirió su
afición por la astronomía y la contemplación de las estrellas en su etapa de boy
scout, dotado de unos simples anteojos de siete aumentos. Con los
años, iría perfeccionando los instrumentos de observación. Disponía de un
telescopio que se atribuía a Galileo, regalo personal del primer ministro de
Venecia. De forma paralela se había producido la transición de la ciencia a la
superstición. La mayor parte de las decisiones importantes las tomaba al
dictado del movimiento de los astros, la llegada de los cometas o la forma de los
eclipses. Pasaba más tiempo despachando con Evangelina Montalbán, su astróloga
de cabecera, que con su consejo de ministros.
Aquella noche tuvo
que separar por segunda vez la vista del ocular. No podía creer lo que acababa
de contemplar. El cinturón de Orión estaba incompleto. ¡Las Tres Marías eran sólo
dos! Volvió a mirar después de aliviar sus ojos resecos con una compresa tibia.
¡La Nebulosa se había volatilizado también! Su constelación favorita había
perdido la forma perpetua. Bellatrix, Betelgeuse y el resto seguían en su sitio,
pero el cinturón y la espada habían desaparecido. El cazador había quedado
desarmado. Los peores augurios se cernieron sobre su cabeza. Por primera vez en
su largo mandato, sintió su poder omnímodo amenazado.
Se levantó
antes de que el sol despuntara en el horizonte. No había logrado conciliar el
sueño ni un instante. Tenía que confirmar cuanto antes con Evangelina el
significado de los cambios en el asterismo de Orión.
El teléfono de
la vidente parecía tan extinguido como los astros la velada anterior. No
contestaba a sus llamadas reiteradas. Probó con el teléfono rojo, reservado
para las situaciones límite, con el mismo silencio cósmico como resultado.
Hizo llamar al
ministro de Defensa y del Espacio. Cuando este acudió con premura no solo fue
incapaz de ofrecerle una explicación sobre la mutación, sino que se sorprendió por
la propia convocatoria. ¿No eres tú el ministro del Espacio?, inquirió el
presidente. Eso fue una invención, una cortina de humo para tapar el alboroto
por el asunto del palacio de tu hermano, respondió el alto cargo. Ni siquiera
se ha creado la Secretaría de Estado. Estaba esperando tus indiciaciones y la
lista con los nombres que vamos a colocar, añadió.
A continuación,
demandó la presencia de la ministra de Gobernación. Despliega a toda la gendarmería
para buscar a Evangelina, pon filtros en puertos y estaciones, busca debajo de
las piedras, le ordenó a gritos. Tiene que aparecer de inmediato o nos iremos
todos al carajo.
Ese día no
recibió a nadie. Su jefa de gabinete canceló todos los actos programados en su
agenda. No quería exponerse a abandonar la protección del palacio. Temía que la
fatalidad lo estuviera aguardando. Necesitaba con desesperación el consejo de la
adivina. Ella le había guiado en el tortuoso camino de su mandato. Le había
ayudado a sortear las múltiples amenazas que lo habían jalonado tras el
fallecimiento de su padre y el cierre del lupanar.
Durante sus
primeros años de carrera, todos sus enemigos habían sucumbido al encanto de las
sirenas que habitaban el prostíbulo regentado por su progenitor, dejándole el
camino expedito hacia la poltrona que acabaría ocupando durante décadas.
A Evangelina la
conoció en el transcurso de su crisis matrimonial. Aquellos fueron meses de
zozobra. Huérfano del cobijo de don Aníbal y descubridor de la trama
comprometedora urdida por su mujer, Didia Escalona. Esta había creado a sus
espaldas un gobierno en la sombra, aunque las placas en las fachadas de sus
ministerios, departamentos y jefaturas relucieran tanto como las oficiales. La primera
dama había colocado, sin él saberlo, a todas sus amigas del colegio de monjas
de su infancia. No quedó un puesto de directora de coordinación de los gabinetes
para las relaciones interministeriales sin ocupar por sus compañeras de pupitre,
pese a que hacía ya mucho tiempo que no vestían falda plisada a cuadros y
jersey de cuello de pico. El escándalo estaba servido. Cuando le requirió
explicaciones, Didia, sorprendida, le juró por su anillo de compromiso que había
sido él el firmante de todos los nombramientos, que le había parecido una gran idea
en pos de la cuota de género. Tuvo que recurrir a su ministro de Salud para que
certificara que su memoria y su cordura se mantenían en perfecto estado. Todo había
sido fruto de la ambición desmedida de su esposa.
Coincidió con
Evangelina por primera vez en una entrega de premios. Ella había sido nominada
en la categoría de ciencias del azar. No obtuvo el galardón, pero en la gala
posterior tuvo ocasión de departir con el presidente en uno de los corrillos
informales. Captó su atención desde el inicio.
La citó el
lunes siguiente en su despacho para pedirle consejo sobre el conflicto que
hacía tambalear de manera simultánea su matrimonio y la imagen de su administración.
Esa noche, Libra apareció claramente en el firmamento, brillando sobre el
horizonte. La astróloga le sugirió que debía buscar la reconciliación a toda
costa. Decidió entonces con Didia mantener intacto el maremágnum de direcciones
generales a cambio de que la mitad de los puestos pasasen a ser ocupados por los
cofrades de la Hermandad de la Virgen del Buen Remedio, de la que el presidente
era miembro desde su primera comunión. Treinta
páginas del Diario Oficial del Estado restablecieron el equilibrio en todos los
frentes.
Su ayuda
resultó de igual forma inestimable el día que recibió las amenazas secretas del
Sultán del país vecino. Las revelaciones que iba a hacer públicas serían
letales para el gobierno. El soberano bereber se enfrentaba a sus propias
cuitas domésticas. La era de su dinastía centenaria se asomaba al abismo de su
final. Tras consultar los astros, Evangelina le aconsejó que le regalara el
desierto con sus dunas. De esta forma, podría rellenar todos los relojes de
arena de su reino y su tiempo volvería a ponerse en marcha.
Fue ella quien
desbarató la conjura organizada por el grupo disidente de su propio partido. El
día antes del sínodo donde iba a ser reelegido como líder, los desafectos
sembraron de enredaderas todo el perímetro del palacio. En cuestión de horas, los
muros quedaron escondidos bajo una capa vegetal impenetrable, que se reproducía
sin límite frente a los inútiles esfuerzos de su guardia por talarla. El
presidente había quedado encarcelado dentro de la sede de su poder, sin posibilidad
de acudir al concilio donde este iba ser refrendado, ya que la presencia física
de los candidatos era imperativa para el nombramiento. Sin embargo, los agitadores
no imaginaron que Evangelina había vaticinado la confabulación en su bola de
cristal. El presidente, alertado, mandó rehabilitar con urgencia el antiguo
túnel que conectaba el alcázar con el Campo de los Judíos, utilizado por los
antiguos reyes godos en sus huidas frecuentes. Apareció en el cónclave ante el
asombro de los sediciosos, fue reentronizado e impartió justicia implacable
sobre los traidores y sus cómplices.
La visita de la
ministra de Gobernación lo arrancó de su nostalgia. Acudía a palacio para ponerle
al corriente de las averiguaciones de los agentes de la Central. La astróloga
no volvería a prestarle sus servicios. La muy zorra se ha vendido al enemigo. Los
del Partido Amarillo le han puesto una villa donde rompen las olas en La
Española. No volverá a pisar suelo patrio, le explicó.
Al día siguiente, poco después de
mediodía, la más completa oscuridad se apoderó del país. La luna se interpuso
entre el sol y la tierra. Al mismo tiempo saltaron los plomos de la nación. El
eclipse no había sido previsto. Las plantas eléctricas para alumbrar sus
ciudades a la hora de comer tampoco.
El búnker donde se custodiaban todos
los documentos comprometedores para el presidente quedó desguarnecido. Sus
sistemas de seguridad anulados sin la corriente necesaria para sostenerlos. En
cuestión de horas, décadas de fechorías habían salido a la luz. Para la hora en
que el sol debía ponerse, una turba enfurecida espoleada por Ramiro Pérez se
encaminaba a palacio antorcha en mano.
Esta vez Evangelina no acudiría al
rescate. Había quedado abandonado a su suerte.
Un año después el presidente está escrutando
de nuevo el firmamento a través de su telescopio, una de las pocas pertenencias
que pudo salvar en su precipitada huida en un dirigible que nunca pensó que
llegaría a necesitar. En la isla donde recaló con Dinia siempre hay luna nueva.
La claridad de sus cielos nocturnos no tiene parangón.
A su lado se encuentra el antiguo primer
ministro de Venecia. Cayó en desgracia al poco tiempo de regalarle el instrumento
galileico, acusado de dilapidar el patrimonio histórico de su república por
oscuros intereses personales.
Bravo!!! Cambio completo de estilo. Aunque como siempre con finales insospechados. Por cierto, ya te preguntaré por Bellatrix, Betelgeuse y Rigel el próximo viaje en barco
ResponderEliminarGracias, Nacho! Te veo un experto en constelaciones. Tendremos que hacer la travesía nocturna. A ver si no nos perdemos. Jajaja
EliminarEnhorabuena Jorge , cambio de registro y bien escrito . Sátira política con desenlace sorprendente
ResponderEliminarGracias, Julio! Me alegro que te haya gustado. A ver si tenemos suerte y el desenlace por estos lares es igual de sorprendente sin tardar mucho
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